lunes, 22 de junio de 2009
SIN NEGAR
sábado, 20 de junio de 2009
INCENDIO
Una vez se estaba incendiando un edificio de 9 pisos en el centro de una ciudad muy importante. Las personas del edificio al enterarse de que el edificio estaba en llamas rápidamente salieron de sus apartamentos, a excepción de un niño de 8 años de edad que dormía en el octavo piso, pues su papá había salido a comprar y su mamá estaba de viaje.
El fuego crecía cada vez más e iba subiendo piso por piso. Los bomberos intentaban apagarlo, sus esfuerzos eran cada vez imposibles El edificio estaba totalmente en llamas y los bomberos pidieron refuerzos a otras unidades de la ciudad.
El drama aumentó cuando los bomberos se dieron cuenta que había un niño en el octavo piso y el fuego crecía, iba ya por el quinto piso. De repente aparece el padre del niño preocupado por el niño, viendo este cuadro, los bomberos hacen un último intento, pero las escaleras no podían llegar hasta las paredes del edificio por haber fuego en todas ellas, entonces se escucha los llantos del niño, gritando - ¡Papi! ¡Tengo miedo!
El padre lo escucha y llorando le dice: - ¡Hijo! No tengas miedo yo estoy aquí abajo, No tengas miedo. Pero el niño no lograba verlo:
- Papi no te veo, solo veo humo y fuego.
Pero el padre sabe que está ahí en la ventana porque el fuego lo ilumina.
- Pero yo sí te veo, hijo.
- Hijo, ¿sabes qué debes de hacer?. Tírate, que aquí te agarramos todos los que estamos abajo, ¡TÍRATE!
El hijo le dice: - Pero yo no te veo.
El Padre contesta. - Sabes cómo lo debes de hacer, cierra los ojos y lánzate! El niño dice: - Papi no te veo, pero allá voy!
Y cuando el niño se lanzó abajo, lo rescataron.
Entonces el Padre lo abraza, llora con el hijo, juntos pero muy contentos.
El hijo comprende que hay veces que al Padre no se le ve pero sus palabras son suficientes para confiar en él.
Así es nuestra vida, muchas veces hay muchos incendios, sentimos problemas parecidos a este niño y nuestro padre DIOS nos dice: ¡¡TÍRATE!! CONFÍA EN MÍ, y nosotros tenemos que lanzarnos aunque no veamos nada, ni sintamos nada, con FE tienes que salir adelante. ¡Porque sólo su palabra nos basta!
Mateo 28:20
… He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Hebreos. 13:5
… Yo nunca te abandonaré ni te desampararé.
Salmos 94:22
… Mas el Señor me ha sido por refugio, Y mi Dios por roca de mi confianza.
Proverbios 14:26
… En el temor de Dios está la fuerte confianza; Y esperanza tendrán sus hijos.
¡ESFUERZATE!
Aún así, nunca dejó de intentar expresarse y alcanzar el éxito durante los veinte años de vida de carrera activa. En ese período, él produjo algunos de los más brillantes artículos, ensayos y críticas que se hayan escrito jamás. Su poesía aún se lee extensamente y la estudian casi todos los estudiantes de las escuelas superiores de los Estados Unidos. Sus cuentos son cortos e historias de detectives famosos. Uno de sus poemas, exhibido en la famosa Biblioteca de Huntington en California, ha sido valorado en más de cincuenta mil dólares, mucho más de lo que este joven ganara en toda su vida.¿Su nombre? Edgar Allan Poe.
¡Las circunstancias no afectan tus oportunidades para el éxito tanto como tu nivel de esfuerzo!
La necesidad mayor del mundo es la visión. No hay situaciones desesperadas, solo personas que piensan de forma desesperada.
Josué 1:9¡Se fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.
UNA INVITACION A LA AMISTAD
“Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos” Juan 15:15
Crecí en un hogar lleno de placas colgadas en las paredes. Una de ellas contenía una cita del poeta Claude Mermet que se destaca en mi mente: «Los amigos son como los melones; permíteme decirte por qué: Para encontrar uno bueno, ¡primero hay que probar cien!».La mayoría de nosotros puede identificarse con eso. Es difícil encontrar buenos amigos. Me pregunto si Dios alguna vez se siente así con respecto a nosotros. De todas las personas en el Antiguo Testamento, sólo a uno se le llamó alguna vez Su amigo. En Isaías 41:8, Dios dice que eligió a Jacob, quien era un descendiente de «Abraham, Mi amigo». ¡Un club bastante exclusivo! Así que puedes imaginarte lo sorprendente que fue para los discípulos escuchar decir a Jesús, «ya no os llamaré siervos, ...pero os he llamado amigos» (Juan 15:15).Mejor aún, también nos los dice a nosotros. Así que, ¿cómo es la amistad con Jesús? Comienza con un compromiso. Él dijo: «Vosotros sois Mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando» (v. 14). Luego añadió la dinámica de la comunicación. Prometió decirnos todo lo que el Padre le ha dicho (v. 15). ¿Estás escuchando? Y, como Sus amigos, comenzamos a llevar fruto (v. 16), compartiendo características en común con Él al reflejar Su gloria en nuestras actitudes y acciones (2 Corintios 3:18).¡Jesús te da la bienvenida a recibir el privilegio de la amistad con Él! ¿Eres Su amigo?
Bienvenido al privilegio de la amistad con Dios.
viernes, 19 de junio de 2009
RAKU
Una vez que el barro ha sido formado por el alfarero, se coloca al fuego en un horno. Luego, cuando está al rojo vivo, la pieza es echada en una pila de aserrín que arde sin llama adonde permanece hasta que está terminada. El resultado es un producto singular: «único en su clase», insiste en decir la etiqueta de nuestra pieza.
Lo mismo sucede con nosotros. Llevamos la marca de la mano del Alfarero. Él también ha hablado por medio de su obra «de una manera particularmente directa e íntima». Cada uno de nosotros está formado de una manera singular para una obra singular: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Efesios 2:10).
Sin embargo, aunque somos creados para buenas obras, todavía no estamos acabados. Debemos pasar por el horno de aflicción. Los corazones que sufren, los espíritus abogiados y los cuerpos que envejecen son los procesos que usa Dios para acabar la obra que Él ha comenzado.
No temas el horno que te rodea. Persevera en el sufrimiento y espera el producto acabado.
Santiago 1:4Y que la paciencia ha de tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada.
Romanos 12:12Gozándoos en la esperanza, perseverando en el sufrimiento…
Filipenses 1:6El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionariá…
CUERDAS,AROS,COMPLICADOS APAREJOS
¿SE GANÓ LA LIBERTAD?
Daniel Sargent estaba realmente enfermo. Tenía sólo veintisiete años de edad, pero se veía afligido por graves y penosas dolencias. En primer lugar, era diabético, y por ser diabético había sufrido infecciones y la amputación de una pierna. En segundo lugar, estaba semiciego, otra consecuencia de la diabetes. Y en tercer lugar, se mantenía en una silla de ruedas.
Por si eso fuera poco, Daniel estaba preso, cumpliendo una condena de dieciocho años por asalto a mano armada. Y a pesar de tantos inconvenientes y desventajas físicas, Daniel Sargent cortó barras, abrió puertas, pasó alambradas y escaló una muralla de cuatro metros de altura para fugarse de la cárcel de Haewick, Georgia, Estados Unidos.
«¿Acaso no se merece la libertad?», proclamaban los diarios que daban la noticia.
La verdad es que, a simple vista, uno se siente inclinado a pedir la libertad para este desventurado individuo. No fueron pocos los obstáculos que tuvo que vencer para ganar la calle y recobrar la libertad. Tuvo que planear cuidadosamente la fuga. Tuvo que sufrir momentos de intensa espera. Tuvo que realizar esfuerzos físicos extraordinarios. Y tuvo que dominar los nervios en un esfuerzo sobrehumano.
Pero ¿hay que darle la libertad como premio a todos esos esfuerzos personales por obtenerla? No. Cuando lo apresaron a sólo cincuenta metros del penal de donde se había fugado, las autoridades del caso no se la dieron porque las leyes humanas conceden la libertad sólo al que ha cumplido cabalmente con lo que ellas demandan. La hazaña de Daniel Sargent bien pudo ser grandiosa, admirable y hasta conmovedora. Pero no pudo comprarle la libertad, porque ésta se obtiene cuando cumplimos con las leyes, no cuando las violamos.
Lo mismo sucede con la libertad más grande de todas: la libertad sobre el pecado y la corrupción, que nos mantienen en servidumbre y esclavitud. ¿Se obtiene esa libertad con obras, esfuerzos y hazañas humanas? No, de ninguna manera.
La libertad del pecado se obtiene por fe en lo que Cristo hizo por nosotros. Porque las leyes divinas, al igual que las humanas, conceden la libertad sólo al que ha cumplido con lo que ellas demandan, o en su defecto a aquel en cuyo lugar otra persona ha cumplido con sus justas demandas. Fue por eso que Cristo llevó nuestras culpas, sufrió nuestros dolores y murió en nuestro lugar: para satisfacer la demanda de la justicia divina. Él se hizo pecado, se hizo culpable y se inmoló en una cruz para que nosotros, sólo por fe en su obra redentora, sin necesidad de nuestras propias obras, pudiéramos recibir la libertad. De modo que no tenemos que hacer nada para obtener la libertad sin igual que nos ofrece Cristo, nada más que aceptarla.