martes, 24 de mayo de 2011

AMOR EN ACCION

Cierta noche, un hombre vino a nuestra casa y me dijo:
- Hay una familia con ocho niños. No han comido durante días.Tome algunas provisiones y fui a verlos.
Cuando llegue con esa familia, vi las caras de los niños desfiguradas por el hambre. No se reflejaba ninguna aflicción ni tristeza en sus caras, solo el profundo dolor del hambre.

Le ofrecí arroz a la madre. Ella dividió el arroz en dos y salio, llevando consigo la mitad. Cuando regreso, le pregunte:
- A donde fue? -ella me dio esta simple respuesta:
- Con mis vecinos, ellos también tienen hambre!
… No me sorprendió su acción, porque la gente pobre realmente es muy generosa. Pero si estaba sorprendida de que supiera que también ellos tuvieran hambre.

Por regla general, cuando nosotros somos los que estamos sufriendo, nos enfocamos en nuestras necesidades y no tenemos tiempo para los demás.

Madre Teresa

Lucas 10:27
Y él respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y á tu prójimo como á ti mismo.

EL BARCO

Lectura: Hechos 6:1-7.
"Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" 1 Pedro 4:10
Un grupo de jóvenes que visitaba Jamaica en un viaje misionero estaba disfrutando de un tiempo libre y jugando al frisbee [disco volador]. Sin embargo, cuando alguien vio que un barco se había volcado en una playa cercana, el juego de pronto terminó y los jóvenes se arrojaron rápidamente al agua para ayudar.
Se encontraron con un pequeño grupo de operarios navieros profesionales que luchaban para tratar de dar vuelta el barco. Ante tal circunstancia, los jóvenes pudieron ayudar. Pusieron manos a la obra, aportaron su fortaleza juvenil, y todos juntos pudieron enderezar el bote.
Lo que pasó ese día en el Mar Caribe me recuerda lo que puede suceder en la iglesia. Los «profesionales», el pastor y las demás personas capacitadas para liderar la congregación, enfrentan una tarea que no pueden hacer solos. Suele ser complicado llevar a cabo las labores en la iglesia sin que los laicos se incorporen y trabajen junto con los líderes.
Esto fue lo que sucedió en Hechos 6. Algunas personas de la iglesia estaban siendo descuidadas, y los «profesionales», los apóstoles que lideraban la congregación, se dieron cuenta de que no podían hacer todo por sí solos. La iglesia pudo seguir adelante sólo cuando siete laicos se sumaron para ayudar a los líderes.
¿Cómo puedes sumarte a la labor de tu pastor y de los demás líderes para colaborar en el progreso de la iglesia?
El trabajo en equipo divide el esfuerzo y multiplica el resultado.

VALÍA LA PENA

Cuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba sinceramente que valiera la pena tratar de salvarle la vida. Tenía ambas piernas destrozadas. El pecho lo tenía hundido. Había perdido un ojo, y el otro estaba mal herido. «Si vive
—pensó el médico—, será infeliz toda su vida.» ¿Valdrá la pena operarlo? Sin embargo, lo operó.

Veintitrés años después se encontraron el doctor Swan y Kenneth McGarity, el joven que había sido herido en el campo de batalla. Sucedió en Fort Benning, Georgia, cuando el gobierno le otorgaba cuatro condecoraciones al veterano de Vietnam.

El médico y el veterano se dieron la mano. McGarity estaba lisiado y, además, ciego. Pero había cursado estudios de universidad, se había casado, tenía dos hijos y tocaba magistralmente el piano. Kenneth McGarity era un hombre entero, feliz y útil a la sociedad. «He aprendido una gran lección —dijo el doctor Kenneth Swan—. Nunca debo dudar de la validez de una operación.»

Este caso tiene dos capítulos. El primero fue la explosión de una bomba que destrozó a Kenneth McGarity en la guerra de Vietnam, y el médico que lo operó porque algo, como quiera, había que hacer. El segundo capítulo tuvo lugar veintitrés años después, cuando el médico pudo contemplar el valor de su decisión.

¿Valía la pena hacer todo lo posible por poner en orden el cuerpo destrozado de ese joven? ¡Seguro que sí! Hubo que amputarle ambas piernas. Hubo que extraerle los dos ojos. Hubo que coserlo por todas partes, y reacondicionar pecho, rostro, brazos y manos. Pero valió la pena. Tras veintitrés años de lucha tenaz, Kenneth McGarity llegó a ser un hombre completo y feliz.

¿Qué tal si damos rienda suelta a la imaginación? Un día Dios el Padre y Jesucristo su Hijo conversaban acerca del hombre, que había caído en las garras de Satanás y estaba totalmente destrozado por el pecado. El Padre preguntó: «¿Vale la pena salvar a este despreciable ser humano?» Y el Hijo respondió: «Sí, vale la pena. Tengo esperanza en él. Daré mi vida por él, y con mi sacrificio lo regeneraré y transformaré.» Así pudo haber transcurrido la conversación.

Lo que sabemos sin tener que imaginárnoslo es que Cristo vino a este mundo. Murió en la cruz del Calvario, y resucitó para confirmar el valor de ese sacrificio. A los ojos de Dios, todos somos de inmenso valor. Por eso entregó Dios a su Hijo. Y es por ese sacrificio que nosotros podemos gozar de una vida plena, abundante y digna. A eso la Biblia lo llama salvación.

Hermano Pablo