viernes, 16 de agosto de 2013

SOFOCADA POR SU PROPIO COLCHÓN

Juliana Biedermann, anciana de setenta y ocho años de Colonia, Alemania, se sentó feliz en su nueva cama. Era una cama mullida, suave, tibia, a la que el fabricante le había añadido un suave perfume de maderas.
Juliana se puso a jugar sobre su nueva cama como una chiquilla. Vivía sola en su apartamento. Era un apartamento moderno, con esas camas plegadizas que se empotran en la pared para dejar más espacio durante el día.
Mientras la anciana probaba varias veces la suavidad del colchón, el mecanismo de la cama se accionó espontáneamente y, levantándose, atrapó a la anciana dentro del hueco. Comenzó así una pesadilla para doña Juliana que duró cabalmente tres días y tres noches.
La pobre mujer permaneció en aquel encierro hasta que al fin los vecinos alertaron a la policía y los bomberos acudieron a librarla. «Nadie oía mis gritos —dijo llorando—; mi propio colchón me sofocaba.»
Los colchones sirven para dormir, y son muy cómodos. Pero conviene tenerlos debajo del cuerpo, no encima. Porque aquello que fue creado para la comodidad, el placer y el descanso puede convertirse en algo sofocante y aun mortal si se le da un uso totalmente impropio.
Así pasa con todas las cosas que el hombre ha creado para su bienestar y beneficio. Usadas como se debe, dándoles el uso para el que fueron diseñadas, las cosas generalmente funcionan bien. Son de utilidad y provecho. Pero usadas en otra forma pueden ser hasta mortales.
Una cuerda gruesa puede ser muy buena para tender la ropa o halar un auto, pero mala si se le hace un nudo corredizo y se la ajusta al cuello. Una hojita de acero filosa puede ser muy buena para afeitarse, pero mala si se la desliza sobre las venas de la muñeca.Hermano Pablo
Lo mismo puede decirse de otra infinidad de cosas, tales como el amor. Usado como manda Dios, y para lo que fue diseñado, es maravilloso. El amor es una fuente de felicidad, de bienestar, de salud física y mental, y de progreso moral y espiritual. Pero si se usa mal este genial invento de Dios, el amor de hombre y mujer se transforma en fuente de vicio, maldad, pecado y muerte. ¿Cómo aprender a usar el amor, supremo don, siempre como Dios manda? Por medio de Cristo, Señor, Salvador, Maestro y Santificador de nuestra vida.
Hermano Pablo

¡YO QUIERO ESA FE!

Marcos 5: 25 – 34
“Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre,  y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.  Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto.  Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.”


Lo que maravilla de esta historia es la fe de esta mujer. Es esa fe del tamaño de una semilla de mostaza, capaz de producir milagros, capaz de hacer posible lo imposible. Es una fe que ridiculiza las leyes físicas y deja atónitos a los médicos; la fe que siendo pronunciada deja de ser un anhelo para convertirse en una realidad.

¡Yo quiero esa fe! Y no la tibia, la que sólo me alcanza los domingos y es compatible con la razón. No la fe tan pequeña que deja lugar a la desesperación, la preocupación y la ansiedad frente a las circunstancias que me rodean. O la cómoda, que no quiere ser desafiada con dificultades.

Pero la fe de esta mujer ha sido forjada lenta y trabajosamente a través de barreras en su vida: sufrió durante 12 largos años un “azote”, un flujo de sangre que debe haberle sacado sus fuerzas, sus ganas de vivir. Habrá experimentado la desesperanza de haber pasado de médico en médico sin un resultado que la saque de esa agonía y el desaliento que conlleva el ver que cada vez estaba peor a pesar de los esfuerzos y los tratamientos; y el encontrarse empobrecida por los gastos que esto representaba.

Éstas y seguramente algunas barreras más son las que sorteó esta mujer cuando aseguró: “si tan sólo tocase su manto…”
¿Cuáles son las barreras que hay en mi vida? ¿Cuál es el tope que pongo a mi fe?

Ella se levantó en su agonía y declaró su fe. Se abrió lugar entre la multitud, quizás se arrastró y nada le importó. Superó las barreras… se esforzó.

Pensamos que la fe milagrosa, de esa que nos habla la Palabra descenderá sobre nosotros de manera mágica y no nos esforzamos en alanzarla. Esperamos pasivamente sin alimentarnos, sin superar las barreras en nuestra vida. Reclamamos promesas sin escuchar lo que nos toca de nuestra parte.

Pero el Señor nos dice y nos repite:
Esfuérzate y sé valiente (…) Solamente esfuérzate y sé muy valiente. (…) Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1: 6 -9)

¿Me cuesta leer la Palabra?: ESFUÉRZATE.

¿Me cuesta separar un tiempo de oración? ESFUÉRZATE.

¿No puedo salir del desaliento? ESFUÉRZATE.

¿No logro testificar, no me animo a hablar en mi familia, con mis amigos, en mi trabajo? ESFUÉRZATE.

¿No quiero comprometerme en un ministerio? ESFUÉRZATE.

Esfuérzate si quieres ver lo sobrenatural, si quieres maravillarte de la grandeza y el poder de Dios. Esfuérzate!