lunes, 22 de diciembre de 2008

LAS CAMPANAS DE NAVIDAD


La poesía I Heard the Bells on Christmas Day se escribió el 25 de diciembre de 1863, durante lo más encarnizado de la guerra de secesión norteamericana. El famoso poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) estaba muy entristecido por los horrores de aquel conflicto, pues “parecía que el odio prevalecía por sobre todo en aquel momento”. Su hijo, que cumplía servicio como teniente en el ejército de la Unión, acababa de ser herido.
Al escuchar Longfellow el repicar de las campanas navideñas, salió del hondo pesimismo que lo embargaba y llegó a la conclusión de que…
…”Dios no es sordo, ni ha muerto aún”.
Confió en que Dios era más fuerte que los conflictos del mundo, y que un día haría prevalecer en la Tierra la paz y la buena voluntad.
He aquí una traducción de dicha poesía:
En Navidad un carillón oí.En Navidad un carillón 
oí tocando una canción 
que repetía con alegría:Paz al de buena voluntad.
Por todas partes, aquí y allá, 
campanas de la cristiandad 
tañeron con reiteración: 
Paz al de buena voluntad.
Me dije en mi consternación: 
No hay paz aquí en la Tierra, no. 
El odio es tanto que ahoga el canto: 
Paz al de buena voluntad.
El repicar cobró amplitud: 
Dios no es sordo, ni ha muerto aún. 
El bien, no el mal, ha de triunfar. 
Paz al de buena voluntad.
que anunciaba a campanadas:
Paz al de buena voluntad.

Isaías 2:4No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán mas para la guerra.»

HOY..ESTARE DISPUESTO A CAMINAR EN EL VALLE DE LA ESPERA

“Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos” Romanos 8:25.
La vida tiene montañas altas de triunfo y de deleite, pero también valles de impaciente espera, una impaciente espera porque no vemos las oraciones contestadas. En las montañas nos deleitamos mirando el paisaje y respirando el aire puro, pero en los valles de espera parece que no hay aire y no podemos ver los mismos paisajes que veíamos en las montañas, pero tanto las montañas como los valles son muy importantes. Hoy quiero aprender a caminar en los valles de la espera.
Hay tres cosas que hoy debo recordar en relación a los valles de la espera. Los valles de espera me hacen dar grandes pasos en el crecimiento de la gracia del Señor. En segundo lugar cuando miro hacia atrás después de que grandes esfuerzos han sido cumplidos veo con gratitud lo que he recibido del Señor. Jamás deberé sacrificar la más profunda confianza que se adquiere en el valle de la espera por una vida suave y libre de turbación. En último lugar yo recordaré que los tiempos duros de espera proveen nuevos enfoques de mi relación con el Señor.
Si hoy tengo que caminar por un valle de espera o si es que ya lo estoy atravesando necesito comenzar a darle gracias al Señor por lo que está ocurriendo dentro de mi y a través de mi como resultado de lo que me está ocurriendo. Necesito tener la vista espiritual más clara para ver e interpretar el significado mas profundo de los problemas que parecen estar rodeando mi vida y vivir hoy mas plenamente en los desafíos del presente, confiando que el Señor, quién ha sido fiel en el pasado me guiará en medio del valle actual de la espera.

Señor, en medio del valle de la espera en el cual me encuentro, hoy quiero levantar mi mirada a ti, porque mi socorro viene de ti y entender que las cosas que ahora estoy enfrentando han sido permitidas única y exclusivamente por tu mano para llevarme a un nuevo y más profundo desarrollo espiritual. Amén.

EL HOMBRE INVISIBLE

Lectura: Juan 14:5-20
Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz. —Hebreos 12:2
Cuando era niño, me fascinaba el libro El Hombre Invisible. El personaje principal jugaba una versión elaborada del escondite, manteniéndose justo fuera del alcance de simples mortales que habían recibido la «maldición» de una naturaleza visible. Para tener una presencia física, usaba ropas y envolvía su rostro con vendas. Cuando era momento de escapar, simplemente se lo quitaba todo y desaparecía.
Me pregunto si tenemos ideas similares acerca de nuestro Dios por el hecho de que no podemos verle. Sentimos que está más allá de nuestro alcance y lo expresamos en canciones como este himno, uno de mis favoritos:
Inmortal, invisible,
todo sabio Dios,
En luz inaccesible
A nuestros ojos oculto.
Percibimos que Dios está distante, lejos, oculto, y que es inaccesible. Pero necesitamos a un Dios que sea accesible y nos preguntamos cómo tener una relación significativa con Él.
Nunca comprenderemos totalmente cómo es Dios. Pero Él mismo se ha hecho accesible a nosotros. En parte, esa es la razón por la que vino Jesús; para «mostrarnos al Padre» (Juan 14:8) y acercarnos a Él, porque «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Colosenses 1:15).
Nuestro Dios es un Dios invisible, más allá de nuestra limitada comprensión. Felizmente, Jesús vino a mostrarnos cuán cerca está Él de nosotros en realidad.
La presencia de Dios con nosotros es el mayor regalo que nos ha dado.

LAS PERSONAS SON UN REGALO DE DIOS

Las personas son los regalos que Dios me ha dado.
Algunas vienen bellamente envueltas
y otras, quién sabe Dios cómo.
Algunas han sido maltratadas en el correo;
otras llegan flamantes y sin una arruga;
Algunas llegan encerradas como ostras escondidas en sus valvas,
otras se transparentan en su envoltura.


A veces los regalos se abren fácilmente,
otras, se necesita la ayuda de alguien.
Tal vez es por que tienen miedo.
Quizás hayan sido heridas antes
y no quieren ser lastimadas de nuevo.
Puede ser que alguna vez se abrieron
y luego se encerraron.
Quizás ahora se sienten más bien como “cosas”
que como “seres humanos”.
Yo soy una persona.
Como todas las demás personas,
también soy un regalo.
Dios me lleno de una bondad que es solo mía.
Y, sin embargo, algunas veces
tengo miedo de mirar dentro de mi envoltura.
Tal vez temo decepcionarme:
quizás no confío en lo que llevo dentro.
O pudiera ser que en realidad,
nunca he aceptado el regalo que soy.
Cada encuentro y comunicación entre personas,
es un intercambio de regalos.
Mi regalo soy yo y tú eres tu regalo.
Somos obsequios unos para otros.

UN DESAFIO

En cierta ocasión un conocido agnóstico desafió a un igualmente conocido predicador de la Palabra de Dios a un debate sobre el tema «El agnosticismo contra el cristianismo».

El predicador respondió de esta manera:
—Estoy inclinado a aceptar tu desafío a condición de que demuestres la validez de tu posición trayendo al debate aunque fuera una sola persona que había sido un degenerado, enviciado, delincuente e irresponsable, cuya vida era una carga a sí mismo y a sus familiares—una persona así, que al escuchar tu filosofía agnóstica haya recibido tanto estímulo que rechazó su vida viciosa, se hizo persona nueva y responsable, y ha llegado a ser una persona de respeto en la sociedad: y todo * porque no cree en Jesucristo.

»Si aceptas esta condición, prometo llevar conmigo a cien hombres y mujeres, antes almas perdidas como ese que tú traerás, personas que al oír y creer el evangelio de la gracia de Dios se han transformado para odiar el pecado y los vicios, hallando en Cristo la salvación y una nueva vida. El mismo Señor que tu niegas, ha hecho vidas nuevas, justas y llenas de gozo. ¿Aceptas las condiciones?»

Meneando la cabeza, el agnóstico se marchó.
Ni el agnosticismo—ni el ateísmo ni ninguna filosofía humana, basados como son en la incredulidad hacia Dios y su evangelio—ninguno tiene poder para transformar una vida. Pero cada siglo ha sido testigo del poder de la sangre de Cristo para limpiar de todo pecado, y transformar las vidas de los que confían en él.

«NO ME AVERGÜENZO DEL EVANGELIO, PORQUE ES PODER DE DIOS PARA SALVACIÓN A TODO AQUEL QUE CREE» (Romanos 1:16).

Si quisieras recibir la salvación que Dios te ofrece, y una vida nueva, coloca tu nombre en este espacio y con toda sinceridad haz la siguiente oración:
«Yo , reconozco que he pecado y que sólo merezco el castigo de Dios. Pero, acepto lo que dice la Biblia, que Dios me ama y envió a Su Hijo Jesucristo para morir por mí y así rescatarme del castigo eterno. Por lo tanto, delante de Dios renuncio todos mis pecados, y mi vida de pecado, y por fe recibo a Jesucristo como mi único Salvador, entregándole a El toda mi vida, para que El sea Señor y Dueño de todo mi ser. Amén.”