jueves, 10 de marzo de 2011

AL RESCATE

Lectura: 2 Pedro 1:5-15.
"Yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas" 2 Pedro 1:12
Jill Price tiene una memoria extraordinaria, que ha dejado atónitos a los científicos. En el 2006, en un artículo titulado «Un caso de inusual memoria autobiográfica», una revista científica describió su capacidad altamente desarrollada. Price no tiene una aptitud especial para memorizar listas de palabras, números, conceptos o idiomas, pero sí recuerda lo que le sucedió durante cualquier día de los últimos 30 años. Menciona una fecha, y ella te dirá qué día de la semana era, cómo estaba el clima, los programas de TV que miró y la gente con quien habló.
Son pocos los que tienen una memoria así. Por esta razón, necesitamos recordatorios para realizar tareas simples y cumplir con nuestras citas. Esto es particularmente cierto cuando se trata de verdades espirituales. El apóstol Pedro mostró que entendía la necesidad de recordatorios espirituales, al escribir: «Yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas. […] Pues tengo por justo […], el despertaros con amonestación […]. También yo procuraré con diligencia que […] vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas» (2 Pedro 1:12-15).
Sin importar la clase de memoria que tengamos, necesitamos que se nos recuerden los principios bíblicos. La lectura bíblica diaria, los grupos pequeños de estudio y la participación en una iglesia local pueden ayudarnos a recordar las verdades vitales de Dios.
Deja que la Palabra de Dios se grabe en tu memoria, gobierne tu corazón y guíe tus pasos.

ROBOTS CIENTÍFICOS Y DOLOR HUMANO

Es una máquina estupenda, orgullo de la tecnología moderna. Recibe órdenes dadas por la voz humana, conoce nada menos que quinientas cincuenta palabras y es capaz de realizar el noventa por ciento de las tareas que se le mandan hacer.

Se trata de un robot diseñado para enfermos con parálisis. Este robot puede acercarles a los enfermos la cuchara a la boca, puede servirles un vaso con agua, encenderles y apagarles el televisor, y hasta sentarlos y acostarlos.

Pero también puede —y aquí está el serio peligro— ser instrumento para el suicidio del enfermo. Basta con que el enfermo le ordene al robot desconectar el tubo de oxígeno u otros cables esenciales para que el enfermo muera a causa de una orden que él mismo da.

La ciencia progresa cada vez más. Hay en la actualidad aparatos científicos que nos dejan pasmados con lo que pueden hacer. Pero el alma humana no está progresando a la par.

Todavía en el alma del hombre hay imperfecciones: pasiones morbosas, propensión a maltratarse, deseos de suicidarse, amargura, mortificación y sed de venganza. Mientras las máquinas se hacen cada vez más perfectas, las almas humanas son cada vez más imperfectas.

El que un brazo mecánico, movido por un mecanismo perfecto, desconecte el tubo vital de un ser humano imperfecto, obedeciendo a la orden de ese mismo ser humano, no deja de ser una escena desalentadora.

Dios no hizo al hombre imperfecto. No lo hizo para el dolor, la enfermedad, la angustia y el mal. Lo hizo como ingenio extraordinario en lo físico, lo moral y lo mental. Pero a la inversa del hombre, que fabrica robots, Dios no hizo del hombre mismo un robot.

Dios nos dio libre albedrío, sentido moral, fuerza de voluntad y la facultad de tomar decisiones para desarrollar nuestra propia personalidad. Es el pecado original —el de Adán y Eva— lo que ha introducido en la humanidad la degradación y la imperfección.

¿Podemos, no obstante, remediar nuestras imperfecciones y arreglar nuestros defectos? Sí podemos, y esa posibilidad de hacerlo llega a ser la gran aventura moral humana. Cada uno de nosotros puede volver a la perfección, pero sólo por medio de Cristo. En Cristo, y con Cristo, remediamos todas nuestras miserias, recibimos perdón por todas nuestras faltas y nos sanamos de todas nuestras dolencias.

Hermano Pablo