miércoles, 15 de octubre de 2014

UN CURIOSO FUNERAL

Desde que la tuvo en sus brazos por primera vez, la amó con toda la fuerza de su corazón. Le hizo las más delicadas ropitas. Le hizo también, con sus propias manos, una cunita preciosa, y le dio un nombre. La llamó Missy, un nombre inventado por ella misma.
Así la tuvo con ella durante cincuenta años. Cuando Missy llegó al fin de su existencia, casi destrozada por un perro, Lola Schaeffer, que la había amado tanto, le hizo un funeral que costó mil cuatrocientos dólares. Pero Missy no era una persona. No era ni siquiera un perro o un gato. Era una muñeca que Lola había recibido de regalo en la Navidad de 1941.
Casos como éste nos llevan a varias reflexiones. La primera es que todo amor desinteresado tiene algo de bueno y de noble. El amor de Lola Schaeffer por su muñeca fue uno de éstos. Como el amor es la esencia de la vida, todo amor puro es bueno.
La segunda reflexión es que parece un derroche inútil de dinero hacer un funeral tan caro sólo para una muñeca. Podrá decirse que el dinero era de Lola y que, por lo tanto, ella podía hacer lo que quisiera con él. No obstante, parece exagerado gastar mil cuatrocientos dólares sólo para enterrar una muñeca vieja.
Pero hay también una tercera reflexión. Muchas veces adoramos ídolos sin saberlo. Esta mujer hizo de su muñeca un ídolo, y la puso en el altar de su corazón. Vivió para ella y pendiente de ella toda su vida. Su muñeca valía para ella más que Dios, y era, por lo tanto, su dios.
Uno de los mandamientos del decálogo de Moisés dice: «No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:4‑5).
Hacer de cualquier objeto material, tenga la forma que tenga, la pasión de la vida, es desvirtuar el gran mandamiento de Dios. La Biblia enseña que sólo Dios, creador del cielo y de la tierra, merece toda lealtad, alabanza y adoración. Cualquier objeto, ya sea de piedra, de metal o de carne y sangre, si nos arranca más interés y tiempo e inversión de lo que le damos a Dios, es un ídolo. Coronemos solamente a Jesucristo como el Dios de nuestro corazón. Sólo Él puede corresponder con amor, compasión y paz.
Hermano Pablo

DEPENDENCIA

Me gustaría comenzar este escrito, compartiendo con los lectores lo que el diccionario nos dice acerca de la palabra “dependencia”, sobre todo en una de sus acepciones:
DEPENDENCIA: “Subordinación a un poder mayor”…
Por causa de este mundo convulsionado en el que nos toca vivir, esta palabra quizás se nos presenta en primera instancia con una carga negativa, como cuando hablamos por ejemplo:
. de una “dependencia que flagela”, esa que escuchamos tantas veces refiriéndose a la droga, o al alcohol; esa que quita vida y libertad.
. También la “dependencia emocional”, esa que existe entre algunas relaciones amorosas y/o familiares, que anula a la persona; que la obliga a seguir estando con alguien aunque le haga daño, en un sometimiento que “no deja ser.”
. O la más antigua y conocida: la “dependencia del esclavo al amo”, asustadiza y denigrante, en sus más variadas expresiones: esclavitud sexual, esclavitud infantil, esclavitud laboral…
Pero en contrapartida con lo dicho anteriormente, hombres y mujeres podemos experimentar un estado de “dependencia” en el cual sí vale la pena vivir: la DEPENDENCIA DE DIOS. Ésta, paradójicamente nos ofrece la posibilidad de ser verdaderamente libres.
Sí, la maravillosa dependencia que da libertad: Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” 2º Cor. 3:17
“Y en Cristo tenemos libertad para acercarnos a Dios, con la confianza que nos da nuestra fe en él”. Ef.3:12
-la milagrosa dependencia que da vida: “…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Jn. 10:10
-la poderosa dependencia que sana: “Dios sana a los que tienen roto el corazón, y les venda las heridas.” Sal.147:3
-la misericordiosa dependencia que no genera temor: “Recurrí al Señor, y él me contestó, y me libró de todos mis temores.” Sal. 34:4
“No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra”. Jer.1:8
-la constructiva dependencia que no subestima: “El Señor que te creó te dice: porque te aprecio, eres de gran valor y yo te amo.” Isaías 43:4
…y por último, (lo que no quiere decir que la lista se agote), la mayor de las paradojas de esta “dependencia de Dios”: la libertad de elegirla, la libertad de depender.
No es una tarea fácil. Nuestra naturaleza humana nos lleva a confundirnos en ese concepto de “libertad”; es difícil aprender a pensar como Dios piensa, tener su mismo sentir, ir por donde Él nos aconseja que vayamos, aceptar y amar a los demás como Él nos exhorta, dominar nuestro corazón orgulloso, tener un concepto equilibrado de nosotros mismos…
Es que, remitiéndonos a la definición del diccionario con el que comenzamos, la mejor decisión como hijos de Dios es “subordinar” nuestra vida entera y con ella nuestras relaciones, nuestras elecciones, nuestras decisiones… a ese “poder mayor” que radica nada más ni nada menos, que en la inconmensurable persona de Dios, el cual promete estar con nosotros, revestirnos de su poder, y para el cual nada es imposible.
Por Andrea Alves

TREINTA Y TRES AÑOS EN SOMBRAS

Cuando tenía seis años de edad, desapareció del pueblo. Nadie volvió a verlo. Y el poblado no era grande. Tenía apenas doce casas y unas cuarenta personas. Todos se conocían de nombre. Conocían los parientes de cada uno. Conocían su vida, sus costumbres, su risa, sus lágrimas.
Pero pasados treinta y tres años de su desaparición, Rudolff Sulzberger emergió de las tinieblas. Sus padres lo habían escondido en el sótano de la casa todo ese tiempo. La única razón era que Rudolff padecía de un leve retraso mental. Johan y Aloisia Sulzberger, de Berg Attergau, Austria, lamentablemente tenían vergüenza de la condición de su hijo.
Aunque este caso no es del todo raro, parece increíble. Que alguien, por padecer un retraso mental o por la razón que sea, esté forzosamente encerrado entre cuatro paredes sin poder salir a la luz del día, sin poder participar de las actividades que su condición admita, sin poder verse con nadie ni ser visto de nadie, es algo que pertenece a la Edad Media. Y lo trágico es que no es un caso único.
Toda persona es precisamente eso, una persona en todo sentido, especialmente en el sentido de ser creación de Dios. Y siendo creación de Dios, esa persona, cualquiera que sea su condición física o mental, merece la misma dignidad, decencia, nobleza y cariño que todos los demás.
Despreciar a alguien, y peor todavía, considerarlo menos que humano, especialmente si su condición es algo de lo cual no tiene ninguna culpa, es lo más indigno, vil e innoble que se pueda imaginar. En cambio, es de veras admirable la atención, la dedicación y el amor que padres, familiares y amigos dan a alguien que sufre cualquier impedimento físico o mental.
Todo el que ha sufrido el desprecio de los demás, especialmente el de familiares, debe saber que, precisamente por ese desprecio, Dios lo tiene más en cuenta. El Señor Jesucristo siempre puso de relieve la condición de los sufridos, de los despreciados, de los abandonados y de los solitarios, y Él tiene un amor, un cariño y una misericordia muy especial para ellos.
Por otra parte, toda persona que no conoce personalmente al Señor carece de dirección. Pero Cristo la espera con los brazos abiertos. Sus palabras son clásicas: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28). Esa invitación es para cada uno de nosotros. No la rechacemos. Aceptémosla hoy mismo.
Hermano Pablo

martes, 14 de octubre de 2014

Este pasado fin de semana tuvimos como invitado especial al Apóstol Tito Di Rocco y su mujer Mavel Di Rocco, fue algo tremendo donde pudimos notar la presencia del Espíritu Santo.

lunes, 13 de octubre de 2014

lunes, 6 de octubre de 2014



«SANO Y NORMAL»

Le encontraron mil ochocientas corbatas de seda; 88 pares de shorts, también de seda; 172 juegos electrónicos, 45 saleros y pimenteros; 32 peines; 28 portaplumas; y una enorme cantidad de billeteras y carteras de cuero fino.
Aquella colección tenía un valor de 45 mil dólares y era el orgullo de su dueño, Ka Kin Chang, de Hong Kong. Ya satisfecho, disfrutaba de su colección cuando la policía se lo llevó preso. Todos esos objetos los había robado a lo largo de ocho años.
«Este hombre es sano y normal —opinó el psiquiatra que lo evaluó—. No me explico por qué robaba.»
He aquí un juicio psiquiátrico interesante. Según los parámetros de la psiquiatría, Ka Kin Chang era un hombre «sano y normal». No había nada en él que se pudiera catalogar como complejo, aberración, paranoia o esquizofrenia. Por el contrario, era un hombre de negocios, culto, educado e inteligente, completamente «sano y normal». Pero robaba. Y además de robar, mentía y llevaba una vida doble, y estaba totalmente inconsciente del daño que hacía. Sin embargo, para la psicología, o por lo menos para el psicólogo que lo examinó, era un hombre «sano y normal». Con razón nos preguntamos: ¿Cómo puede la psiquiatría declarar sano y normal a un sujeto que lleva esa clase de vida?
Si ponemos a ese hombre bajo el escrutinio de las eternas e inmutables leyes divinas, éstas nos muestran que él era un pecador con un carácter corrupto y que por consiguiente no reunía las condiciones del eterno Dios para ser considerado sano y normal.
Los psicólogos podrán dar cualquier dictamen respecto a los delitos que cometen las personas, pero la eterna e infalible Palabra de Dios afirma que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Es decir, la Biblia considera que el pecado es el causante de la muerte, y si el pecado causa la muerte, entonces es una enfermedad, y más aún, es una enfermedad mortal. De modo que al pecador no se le puede calificar como «sano y normal».
Dios determina con justicia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es aceptable y lo que es reprochable, y nos dice que todos necesitamos ser transformados. Esa transformación es imprescindible porque estamos enfermos. Sólo Cristo puede limpiar al injusto. Él ya pagó en la cruz el precio de nuestra limpieza. Él quiere vernos sanos.
Hermano Pablo

domingo, 5 de octubre de 2014

AUNQUE LA HIGUERA NO FLOREZCA...

            Y de repente, un día cualquiera llega el momento de la prueba, o la enfermedad, o la ausencia… la despedida, el cambio… ¡Algo! Algo que nos pone de rodillas a implorar al Señor su acción, su respuesta.
            Y por lo general, podemos discernir dos opciones a Su respuesta; un “si”, o un “no”. Sin embargo… muchas veces entre nuestro:-“Amén”- y la voz de Dios en nuestras vidas, ocurre un tiempo espiritual que suele percibirse incluso, mucho más extenso que el tiempo cronológico real… Esa capacidad humana de sentir el tiempo de gozo más corto que aquel de dolor.
            Y es cuando nos embarga esa angustia de sentirse olvidado, ignorado… Como si ese Dios que sabemos real de repente ha girado su mirada de nosotros y hace silencio… un silencio que penetra en el alma e inmoviliza… y nos sentimos vulnerables y débiles.
            ¿Qué ha pasado? ¿Dónde queda ese bagaje de promesas de la Biblia de fortaleza, de poder, de milagros? Se leen tan frescas y hermosas en la Palabra pero se viven tan lejanas en esos tiempos… pasajes que motivan a la fe, a pedir, a buscar, a llamar, promesas de compañía, de abundancia, de salud… Pero entonces… ¿Qué sucede?
            La Biblia no miente y cada una de ellas es verdad… como así también es cierto, que el contenido real tiene que ver con una vida con otros valores. Los valores del Reino de Dios. Dios no promete anularnos las pruebas, pero sí promete su compañía para pasarlas. Nos brinda su fortaleza y de su paz, a través de Su Espíritu Santo, para caminar por este mundo como los extranjeros que somos en el.
            Aparentemente hubo alguien en el relato bíblico que se sintió en uno de estos momentos:
“Entonces me llenaré de alegría
a causa del Señor mi salvador.
Le alabaré aunque no florezcan las higueras
ni den fruto los viñedos y los olivares;
aunque los campos no den su cosecha;
aunque se acaben los rebaños de ovejas
y no haya reses en los establos.
Porque el Señor me da fuerzas;
da a mis piernas la ligereza del ciervo
y me lleva a alturas donde estaré a salvo.”
Habacuc 3: 17 al 19.
            ¡Que hermosa actitud! Poder alabarle aunque alrededor no haya nada, ni percibamos nada… Aprovechar ese tiempo de “silencio” del Señor para alabarle, desinteresadamente, sin esperar esa “respuesta tardía” que no es tal, ya que Él conoce todas nuestras necesidades antes que se las digamos…
            Quizás, y sólo quizás se ocurre… ese silencio tiene un propósito mucho más profundo… Papá hace silencio para oír nuestra adoración, plena y completa. Entrar en su presencia, recostarte en su regazo y mientras Él “calla”… simplemente decirle: -“Te amo”-
            El lo hizo primero, desde el principio de los tiempos, te amó siempre, te amó desde antes que existieras, te amó cuando dio a su hijo a morir por ti, te amó cuando en Su resurrección te acercó a Él, te amó y te ama siempre… Quizás hace silencio, para oír tu voz, en alabanza y adoración.
            Disfruta de los tiempos de silencio, “aunque la higuera no florezca”…

LA MALDITA MANZANA DELICIOSA

Era una simple manzana, una manzana roja, dulce, de piel aterciopelada, como todas las deliciosas manzanas que se producen en la provincia de Río Negro. Así que la pequeña Yesica Isabel Vilte, de Salta, Argentina, se la comió. Sus pequeños y filosos dientes se hincaron en la sabrosa pulpa... pero sólo para morir envenenada. Alguien —¡vaya a saber quién!— había inyectado en la fruta un poderoso veneno.
¿Quién iba a pensar que estaba saturada de veneno? Otros niños, incluso sus dos hermanitos, comieron manzanas del mismo canasto. Esas no estaban envenenadas. Alguien envenenó, adrede, esa singular manzana.
¿Qué enfermedad mental podría tener quien actuó de ese modo? ¿Qué resentimiento u odio le tendrá a la vida? ¿De dónde salen ideas tan destructivas? ¿Qué le está pasando a la raza humana?
¿Habrá alguna comparación entre esta fruta envenenada y aquella otra de la cual habla la Biblia? Nuestros primeros padres comieron una fruta que la tradición dice haber sido manzana. Como quiera, era una fruta agradable a la vista. Tenía incitante color y forma. Invitaba a probarla. Además de dulzor, prometía sabiduría y, más aún, aseguraba ser como Dios, que distingue entre el bien y el mal. Pero esa simple fruta —ya fuera manzana, pera o durazno—, la que la Biblia califica de fruta «del conocimiento del bien y del mal», produjo la muerte espiritual de la primera pareja y desencadenó todos los males que hay ahora en la tierra.
Cada vez que se prueba un fruto prohibido, parece dulce. El primer robo, el primer asalto, la primera estafa, parecen dulces. El primer adulterio es sabroso, así como la primera aventura galante de una mujer parece encantadora. Pero el resultado es la muerte, siempre la muerte. El diablo sabe pintar sus frutas tentadoras con los mejores colores, y perfumarlas con los mejores aromas, pero el resultado final es la muerte, siempre la muerte. Así fue en el Edén, y así ha sido siempre en todas las épocas de la historia. Todos los vicios y todas las pasiones al principio parecen deliciosos, pero al final, arrastran a la muerte.
Sólo Jesucristo puede salvarnos de las manzanas envenenadas de la vida. ¿Por qué sufrir la agonía que es fruto del pecado, cuando podemos rendirle nuestra vida a Él?
Hermano Pablo