jueves, 22 de octubre de 2009

EL NIÑO DE BELEN (MARCOS VIDAL)

LA JOYA PERDIDA

Cruzando el desierto, un viajero vio a un árabe sentado al pie de una palmera. A poca distancia reposaban sus caballos, pesadamente cargados con objetos de valor.
Aproximose muy preocupado. “¿Puedo ayudaros en algo?”
—¡Ay! —respondió el árabe con tristeza—, estoy muy afligido porque acabo de perder la más preciosa de las joyas.
¿Qué joya era esa? —preguntó el viajero.
—Era una joya —le respondió su interlocutor— como no volverá a hacerse otra. Estaba tallada en un pedazo de piedra de la Vida y había sido hecha en el taller del tiempo. Adornábanla veinticuatro brillantes alrededor de los cuales se agrupaban sesenta más pequeños. Ya veis cómo tengo razón al decir que joya igual no podrá producirse jamás.
—A fe mía —dijo el viajero— vuestra joya debía ser preciosa. ¿Pero no creéis que con mucho dinero pueda hacerse otra análoga?
—La joya perdida —respondió el árabe, volviendo a quedar pensativo—, era un día: y un día que se pierde no vuelve a encontrarse jamás.
Esta es una gran verdad. No dejes que se pierda una hora en tu vida que podría ser muy productiva. Horas diarias pasadas frente a un televisor, o simplemente platicando con amigos sin que sean realmente productivas, es una joya perdida. Hoy invirtamos el mejor tiempo, primero con Dios, luego con la familia y en tercer lugar creciendo como personas.
Pero yo elevo a ti mi oración, oh Señor, en tiempo propicio; oh Dios, en la grandeza de tu misericordia, respóndeme con tu verdad salvadora. Salmo 69:13
Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Efesios 5:16

SOBRE SUS HOMBROS

Lectura: Lucas 15:3-7.
"Y entre sus hombros morará" Deuteronomio 33:12
A nuestra familia le gusta dar caminatas y en dichos trayectos hemos tenido algunas grandes aventuras juntos. Pero, cuando nuestros hijos eran pequeños, nuestro entusiasmo nos hacía caminar demasiado rápido y demasiado lejos, y, a menudo, las piernas de los pequeños se agotaban. No podían mantener el paso, a pesar de sus determinados esfuerzos y de que les asegurábamos que el final del camino se encontraba tan sólo al otro lado de la siguiente colina.
«Papá -venía la petición lastimera, seguida de brazos levantados-, llévame». «Por supuesto», respondía yo, y levantaba al niño sobre mis hombros. Él no era una carga, porque era pequeño y ligero.
Cuán a menudo, al igual que mis hijos, me he agotado y el fin de mis esfuerzos ni siquiera estaba a la vista. Ya no podía mantener el paso o cumplir la tarea. Pero estoy aprendiendo que puedo volverme con los brazos levantados hacia mi Padre celestial, quien camina a mi lado y puedo pedirle que me cargue.
Sé que Él me pondrá sobre Sus hombros, tal y como el pastor llevó a la oveja que se perdió (Lucas 15:5). Él me cargará gozoso todo el día, por cuanto soy pequeño y ligero; no soy una carga para Él. Allí encontraré descanso, por cuanto, «el amado de Jehová habitará confiado cerca de él; lo cubrirá siempre, y entre Sus hombros morará» (Deuteronomio 33:12).
El Dios que sostiene el universo es el Dios que te sostiene a ti.