lunes, 22 de marzo de 2010

«¿ACASO EN VANO LLEGAMOS A VIVIR?»

En el museo de la culta y refinada ciudad de Hermosillo en México hay una placa con la inscripción de un poema azteca escrito en náhuatl, el idioma de los antiguos habitantes del país.

La traducción española de este poema dice así: «¿Con qué me iré a la eternidad? ¿Se acabarán mis cantos como se marchitan las flores? ¿Nada será mi nombre alguna vez? ¿Nada dejaré que me recuerde en la tierra? ¿Al menos flores, al menos cantos? ¿Cómo ha de obrar mi corazón? ¿Acaso en vano llegamos a vivir?»

Aunque escrito quizá siglos antes de que Colón descubriera América y antes de que Hernán Cortés hiciera temblar la tierra de los aztecas con sus botas de conquistador, un hombre de corazón sensible habló con su alma y preguntó: «¿Acaso en vano llegamos a vivir?»

Esta pregunta del desconocido poeta azteca es universal. No ha habido persona sensible en la tierra que no se haya preguntado alguna vez: «¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué estoy haciendo aquí?» La seguridad instintiva de que venimos de alguna parte y vamos hacia otra parte, y de que en la tierra y en la vida estamos sólo de paso, pertenece a la experiencia común de los seres humanos.

La Biblia tiene la respuesta. Dice que venimos de Dios y a Dios vamos. Y mientras estamos en la tierra y en la vida, somos puestos a prueba para ver si nos capacitamos o no para ascender a la vida superior del cielo.

No venimos a vivir en vano. Venimos a cumplir con una ley y a someternos a una disciplina. Como seres humanos inteligentes y racionales, y como seres espirituales con poder para tomar decisiones y escoger entre el bien y el mal, si somos capaces de cumplir con las exigencias de Dios, no habremos vivido en vano. Habremos pasado la prueba y habremos sido aprobados para llegar a la presencia de Dios.

En esta prueba larga y dura que es la vida, quien nos ayuda es Jesucristo el Salvador. Él derramó su sangre en la cruz para redimirnos del pecado y, si se lo permitimos, nos da de su Espíritu divino a fin de que tengamos el poder para vivir rectamente. Y quiere estar a nuestro lado cada día. Con Cristo, alcanzamos la victoria suprema. Por eso en la Biblia Dios nos pide: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Proverbios 23:26).

¡Dejemos un recuerdo de amor y de fe en nuestro peregrinaje terrenal!

Hermano Pablo

EUREKA....

Herón II, rey de Siracusa, pidió un día a su pariente Arquímedes (aprox. 287 a.C. – aprox. 212 a.C.), que comprobara si una corona que había encargado a un orfebre local era realmente de oro puro.
El rey le pidió también de forma expresa que no dañase la corona.
Arquímedes dio vueltas y vueltas al problema sin saber como atacarlo, hasta que un día, al meterse en la bañera para darse un baño, se le ocurrió la solución.
Pensó que el agua que se desbordaba tenía que ser igual al volumen de su cuerpo que estaba sumergido.
Si medía el agua que rebosaba al meter la corona, conocería el volumen de la misma y a continuación podría compararlo con el volumen de un objeto de oro del mismo peso que la corona.
Si los volúmenes no fuesen iguales, sería una prueba de que la corona no era de oro puro.
A consecuencia de la excitación que le produjo su descubrimiento, Arquímedes salió del baño y fue corriendo desnudo como estaba hacia el palacio gritando : “¡Lo encontré! ¡Lo encontré!”
La palabra griega “¡Eureka!” utilizada por Arquímedes, ha quedado desde entonces como una expresión que indica la realización de un descubrimiento.
Al llevar a la práctica lo descubierto, se comprobó que la corona tenía un volumen mayor que un objeto de oro de su mismo peso. Contenía plata que es un metal menos denso que el oro.
No todo lo que brilla es oro. Hay cosas y vidas que parecen resplandecientes y muchos alrededor pueden estar engañados. Sin embargo, la calidad de las cosas o las personas siempre pueden ser evaluadas, porque de una u otra manera la esencia misma será revelada.
Que puedan vivir una vida de tal calidad y excelencia viviendo en Dios y para Dios que cuando alguien te vea, pueda decir como Arquìmedes:
!Eureka!! !!Eureka!!. !La encontrè!! !! La encontrè!!
Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 1 Corintios 3:11-13

LA CASA TORCIDA

Lectura: Apocalipsis 3:14-20.
"Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete" Apocalípsis 3:19
Cuando Roberto se mudó a su casa de cien años de antigüedad, los extraños sonidos que de ella emanaban eran desconcertantes. Un carpintero le dijo que la casa estaba torcida. Roberto admitió,: «Podía verlo en los pisos, los cielos rasos, la línea del tejado, las jambas e incluso los marcos de las ventanas. Si se dejaba caer una pelota en el piso, ésta se iría rodando hasta perderse». Diecisiete años después, la casa sigue en pie y Roberto ha llegado a habituarse a ella e incluso a quererla.
En Apocalipsis, Jesús se enfrentó a una iglesia que se había acostumbrado a su espiritualidad torcida e incluso había llegado a amar sus inconsistencias. Laodicea era una ciudad acaudalada; pero esa misma riqueza la había llevado a una falsa ilusión de autosuficiencia. Esto se había impregnado en la cultura de la iglesia y había producido un tipo de espiritualidad torcida que parecía decir «no necesitamos a Jesús». Por lo tanto, Jesús reprendió a estos creyentes, llamándoles «tibios… desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos» (3:16-17). Les reprendió porque les amaba y seguía queriendo una comunión cada vez más profunda con ellos. Así que les dio la oportunidad de arrepentirse (v. 19).
Si la autosuficiencia ha torcido tu comunión con Jesús, puedes enderezarla por medio del arrepentimiento y una renovación de la comunión íntima con Él.
El arrepentimiento es la manera que Dios usa para enderezar lo torcido.