viernes, 19 de junio de 2009

RAKU

Unos amigos nos regalaron una pieza de alfarería Raku. La etiqueta explicaba: «Cada una de las piezas está formada a mano, un proceso que permite que el espíritu del artista hable por medio de la obra acabada de una manera particularmente directa e íntima.»
Una vez que el barro ha sido formado por el alfarero, se coloca al fuego en un horno. Luego, cuando está al rojo vivo, la pieza es echada en una pila de aserrín que arde sin llama adonde permanece hasta que está terminada. El resultado es un producto singular: «único en su clase», insiste en decir la etiqueta de nuestra pieza.
Lo mismo sucede con nosotros. Llevamos la marca de la mano del Alfarero. Él también ha hablado por medio de su obra «de una manera particularmente directa e íntima». Cada uno de nosotros está formado de una manera singular para una obra singular: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Efesios 2:10).
Sin embargo, aunque somos creados para buenas obras, todavía no estamos acabados. Debemos pasar por el horno de aflicción. Los corazones que sufren, los espíritus abogiados y los cuerpos que envejecen son los procesos que usa Dios para acabar la obra que Él ha comenzado.
No temas el horno que te rodea. Persevera en el sufrimiento y espera el producto acabado.
Santiago 1:4Y que la paciencia ha de tener su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada.
Romanos 12:12Gozándoos en la esperanza, perseverando en el sufrimiento…
Filipenses 1:6El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionariá…

CUERDAS,AROS,COMPLICADOS APAREJOS

Lectura: Santiago 4:1-10.
“Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará” Santiago 4:10
Ray Bethell es campeón mundial en vuelo de cometa. Puede hacer múltiples giros y vueltas con tal precisión que él y su cometa se comportan como si fueran uno. Mientras observaba un asombroso video de Ray y sus tres cometas sincronizadas, recordé un poema que leí hacía muchos años.En la biblioteca del Pastor Howard Sugden, me topé con un libro bastante desgastado con la obra de John Newton. Dentro había un poema titulado «La Cometa; o el orgullo debe tener una caída». La cometa en el poema de Newton soñaba con quedar libre de su cuerda: «Si fuera libre, un vuelo daría, / Y las nubes más allá de la vista atravesaría, / Pero, ¡ay! Como pobre prisionero atado, / Mi cuerda al suelo me tiene confinado». La cometa finalmente se las arregla para soltarse de un tirón, pero, en vez de remontarse a los cielos, se estrella contra el mar.La analogía me llama a reconsiderar algunas «cuerdas» que hacen que me sienta obligada. Los votos. Las promesas. Los compromisos. Las responsabilidades. Aunque tales cosas hacen que me sienta atada al suelo, Dios las usa para sostenerme en pie. Tal y como lo enseña Santiago, es nuestra disposición a mantenernos humildes (o a que se nos tenga sujetos) lo que Dios usa para levantarnos (Santiago. 4:10).Antes de cortar alguna cuerda, asegúrate que no sea la que te está manteniendo en alto.
Un cristiano se levanta contra los vientos de adversidad.

¿SE GANÓ LA LIBERTAD?

Daniel Sargent estaba realmente enfermo. Tenía sólo veintisiete años de edad, pero se veía afligido por graves y penosas dolencias. En primer lugar, era diabético, y por ser diabético había sufrido infecciones y la amputación de una pierna. En segundo lugar, estaba semiciego, otra consecuencia de la diabetes. Y en tercer lugar, se mantenía en una silla de ruedas.

Por si eso fuera poco, Daniel estaba preso, cumpliendo una condena de dieciocho años por asalto a mano armada. Y a pesar de tantos inconvenientes y desventajas físicas, Daniel Sargent cortó barras, abrió puertas, pasó alambradas y escaló una muralla de cuatro metros de altura para fugarse de la cárcel de Haewick, Georgia, Estados Unidos.

«¿Acaso no se merece la libertad?», proclamaban los diarios que daban la noticia.

La verdad es que, a simple vista, uno se siente inclinado a pedir la libertad para este desventurado individuo. No fueron pocos los obstáculos que tuvo que vencer para ganar la calle y recobrar la libertad. Tuvo que planear cuidadosamente la fuga. Tuvo que sufrir momentos de intensa espera. Tuvo que realizar esfuerzos físicos extraordinarios. Y tuvo que dominar los nervios en un esfuerzo sobrehumano.

Pero ¿hay que darle la libertad como premio a todos esos esfuerzos personales por obtenerla? No. Cuando lo apresaron a sólo cincuenta metros del penal de donde se había fugado, las autoridades del caso no se la dieron porque las leyes humanas conceden la libertad sólo al que ha cumplido cabalmente con lo que ellas demandan. La hazaña de Daniel Sargent bien pudo ser grandiosa, admirable y hasta conmovedora. Pero no pudo comprarle la libertad, porque ésta se obtiene cuando cumplimos con las leyes, no cuando las violamos.

Lo mismo sucede con la libertad más grande de todas: la libertad sobre el pecado y la corrupción, que nos mantienen en servidumbre y esclavitud. ¿Se obtiene esa libertad con obras, esfuerzos y hazañas humanas? No, de ninguna manera.

La libertad del pecado se obtiene por fe en lo que Cristo hizo por nosotros. Porque las leyes divinas, al igual que las humanas, conceden la libertad sólo al que ha cumplido con lo que ellas demandan, o en su defecto a aquel en cuyo lugar otra persona ha cumplido con sus justas demandas. Fue por eso que Cristo llevó nuestras culpas, sufrió nuestros dolores y murió en nuestro lugar: para satisfacer la demanda de la justicia divina. Él se hizo pecado, se hizo culpable y se inmoló en una cruz para que nosotros, sólo por fe en su obra redentora, sin necesidad de nuestras propias obras, pudiéramos recibir la libertad. De modo que no tenemos que hacer nada para obtener la libertad sin igual que nos ofrece Cristo, nada más que aceptarla.