lunes, 5 de marzo de 2012

ANTÍDOTOS DE LOS CELOS

Todo comenzó bien, así como comienza la mayoría de los matrimonios. Había ternura, había afecto y, más que nada, había amor. Sin embargo, pasada la luna de miel, el matrimonio comenzó a andar mal. En medio de dos que se amaban, se interpusieron los celos, que destruyen todo lo que tocan.

Un día Francisco Contreras, de Monterrey, México, no soportó el acoso de los celos y le pegó un tiro a su esposa, Sanjuana, en el temporal derecho. Acto seguido, se disparó él mismo en la sien. Ninguno de los dos murió, pero Sanjuana quedó con las facultades mentales alteradas, y Francisco perdió la vista en un ojo. Los celos habían triunfado.

Si hay algo que los matrimonios deben rehuir, son los celos. Los celos consumen alma, corazón, mente y vida, y mientras los están consumiendo, conducen a la locura, terminando en tragedias como aquella.

Hay celos que son naturales y saludables, y que provienen de un amor genuino. La Biblia dice que aun Dios es un Dios celoso que con diligencia vela por los suyos. Pero hay, también, celos morbosos, perjudiciales y enfermizos, producto de oscuros y bajos complejos. Esos son celos destructivos.

¿Cómo evitar que haya celos destructivos? Se comienza estableciendo un patrón de fidelidad incondicional entre esposos. El cónyuge debe saber, sin la más mínima duda, que su pareja, por nada en la vida, defraudaría los votos nupciales de amor y lealtad que los dos hicieron ante Dios.

Luego, cada cónyuge debe desarrollar fe y confianza en Cristo. La fe profunda en Cristo nos libra de psicopatías enfermizas. Cuando ambos esposos son verdaderos seguidores de Cristo, no hay entre ellos ningún brote de malos celos.

Añádase a esto el cultivo a fondo de la amistad matrimonial. Cuando el amor —el buen amor, el amor basado en un compromiso inquebrantable— se cultiva con sumo cuidado, los celos malignos no tienen ocasión de brotar. Porque al conservar el amor genuino, nos inmunizamos contra los celos destructivos.

Dios, el diseñador del matrimonio, es también la fuente del amor. Cuando nuestro matrimonio y nuestra vida están en armonía con Dios, estamos también en armonía con nuestro cónyuge, y los celos no tienen dónde aflorar.

Con Cristo en el matrimonio, no hay lugar para celos enfermizos. Sólo hay lugar para un amor cálido, puro, tierno y cristiano. Sea Cristo, desde hoy, el Señor de nuestro matrimonio. En él hay paz y confianza y seguridad.

Hermano Pablo

EL VERDADERO CULTO (ADORACIÓN Y ALABANZA) A DIOS

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:1-2 (Reina Valera 1960)

“Por eso, hermanos míos, ya que Dios es tan bueno con ustedes, les ruego que dediquen toda su vida a servirle y a hacer todo lo que a él le agrada. Así es como se le debe adorar.
Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto.” Romanos 12:1-2 (Traducción lenguaje actual)


Presentar a Dios nuestro cuerpo, nuestra vida entera es lo máximo que como cristianos podemos hacer.
La razón es porque el cristiano sabe que su cuerpo y toda su vida l e pertenece a Dios, lo mismo que su alma, y que por ello puede servir a Dios tanto con su cuerpo como con su mente o su espíritu.
Nuestro cuerpo, que incluye nuestra mente o espíritu, es el templo del Espíritu Santo de Dios. Es el instrumento que El usa para hacer Su obra, enviándonos (servicio) a predicar su Evangelio, a hacer discípulos y a vivir obedientemente en Su Voluntad.
La Biblia (Dios), define la conducta, la vida, de un cristiano que presenta su cuerpo de esta manera a Dios, como culto racional o como verdadera adoración.

El verdadero culto (adoración) a Dios no es solo ofrecerle una liturgia, por muy solemne y reflectiva o, temperamental y llena de expresiones emocionales, “espirituales” dicen algunos, que sea. El verdadero culto (adoración) se ofrece a Dios en nuestra vida cotidiana y no exclusivamente en el templo, o iglesia como comúnmente se le llama, sino fuera de el y en donde todo el mundo, principalmente el no creyente (familiares, v ecinos, compañeros de trabajo, de escuela o de universidad, en el supermercado, nuestro propio hogar, nuestros hijos, etc.), pueda constatar la presencia de Dios en nuestro vivir. Dando testimonio de la transformación hecha por Dios en nuestras vidas, pues toda ella, nuestro pensar (espíritu), nuestro hablar y nuestro actuar (cuerpo) refleja la Gloria de Dios.

La verdadera alabanza a Dios, no es solo cantar en la iglesia y durante la liturgia (reunión) sino, mas bien fuera de ella, cuando el cristiano la ejercita al mundo que lo rodea. Hablando de Dios y recomendándolo, en agradecimiento (amor) a la obra redentora y renovación de su mente realizada por Dios en su vida.

Juan Paulus
Equipo Colaboradores
Iglesia Latina

Equipo de colaboradores del Portal de la Iglesia Latina
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