sábado, 25 de abril de 2009

APRENDIENDO A OBEDECER

En el siglo once, el rey Enrique III de Bavaria se cansó de sus responsabilidades como rey, de las presiones de la política internacional y de lo mundanal de la vida de la corte. Hizo una carta de pedido de admisión al monje Richard de un monasterio local para ser aceptado como un huésped, para pasar allí el resto de su vida en oración y meditación.
-Vuestra majestad, ¿comprende que la promesa aquí es de obediencia? Esto va a ser muy difícil para usted, dado que ha sido rey –le respondió el monje Richard.
-Comprendo – dijo Enrique-, el resto de mi vida le voy a obedecer a usted, mientras Cristo lo guíe.
-Entonces le diré lo que tiene que hacer. Vuelva a su trono y sirva fielmente en el lugar que Dios lo puso –le respondió el monje.
Después que el rey Enrique murió, se escribió esto en su honor: “Al ser obediente, el rey aprendió a gobernar”.
Al final, cada uno de nosotros obedece a los justos mandamientos de nuestro Padre celestial o a “las reglas de la ley”. Debemos elegir voluntariamente ponernos bajo la autoridad, incluyendo la de Dios. El no hacer esto es no tener otra “ley” que nuestro propio capricho, ¡una fuente poco confiable!
Proverbios 10:8El sabio de corazón aceptará mandatos, mas el necio charlatán será derribado.

NO ES UN JUEGO

Lectura: Marcos 8:31-38.
"Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" Marcos 8:34
Mi ex-vecino a menudo hablaba acerca de "el juego de la vida", y puedo entender por qué lo hacía. Es parte de la naturaleza humana enfocar la vida como un gran juego que consta de un montón de otros pequeños juegos. Competir puede ser divertido, emocionante y estimulante.Pero la vida es muchísimo más que un juego -especialmente para un seguidor de Jesucristo.Cuando un creyente necesita poseer la casa más grande, conseguir el ascenso antes que nadie, y ganar toda discusión, algo anda terriblemente mal desde el punto de vista de Dios. No está bien pisotear los sentimientos de las personas, torcer o romper las reglas, y regodearse con las victorias.Enfocar la vida como un gran juego en el que siempre se tiene que ganar es vivir en una falsa ilusión y una fantasía sin esperanza. Si bien las posesiones materiales, el éxito profesional y las victorias personales son agradables, sólo duran en esta vida. Luego, todos ellos quedan atrás.Jesús mandó a Sus discípulos que se negaran a sí mismos, que se identificaran con Su cruz, y le siguieran negándose a sí mismos, lo cual para algunos de ellos significó incluso la muerte (Marcos 8:34-35). Les explicó muy claramente que las victorias artificiales en "el juego de la vida" no cuentan mucho. Lo que realmente cuenta es lo que se hace para el Señor.
Aquellos que viven para Dios son los verdaderos ganadores en la vida.