jueves, 8 de octubre de 2009

«NUNCA LEVANTÓ LA VOZ SINO PARA CANTAR»

Vestida de blanco, la niñita de seis años de edad cantó en el culto religioso de la Iglesia Bautista en Filadelfia, Pensilvania. Era el año 1903. Con ese sencillo principio nació una cantante de voz extraordinaria, que conmovió al mundo.

Cantó en los mejores teatros de Europa en la década de 1920. Cantó para varios presidentes en la Casa Blanca de Washington, Estados Unidos. Fue la primera de su raza en cantar en la Casa de la Ópera Metropolitana de Nueva York. Y llenó estadios en todo el mundo, armonizando el espíritu de millones de personas con su hermosa voz.

En abril de 1993, a los noventa y siete años de edad, dio su último canto. Fue un suspiro, el suspiro que la trasladó a la eternidad.

¿Quién era esa extraordinaria mujer con una voz tan excepcional? Era Marian Anderson, la muy notable cantante negra de fama mundial. Entre los muchos comentarios que se hicieron de ella, tal vez el más recordado sea el de Arturo Toscanini, que dijo: «La suya es una voz que se escucha una vez cada cien años.» Pero el comentario más significativo fue el siguiente: «Nunca levantó la voz sino para cantar.»

No puede haber elogio más grande que el decir de alguien que nunca usó la voz sino para elevar el ánimo de los demás, para infundir aliento, para consolar al triste. Entre las causas grandes de esta vida, entre los móviles que mueven al bien, está el de levantar el espíritu del que se siente abandonado.

Al otro extremo está el que sólo habla para maldecir; el que nunca tiene una palabra de consuelo; el que sólo arroja amargura, desagrado, tormento y dolor; el que nunca sonríe, nunca alaba, nunca conforta, nunca alienta.

Jesucristo dijo en cierta ocasión: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Marian Anderson cantaba porque todo su corazón era un canto. De su interior salía el canto que animó a medio mundo a lo largo de casi un siglo entero. Su canto era su alma, y su alma era su canto.

Adaptando las palabras de Cristo, podríamos decir: «Del contenido del alma se expresa la voz.» Es decir, lo que tenemos en el corazón determina tanto las palabras que decimos como el tono de voz con que las emitimos.

¿Qué podemos hacer para cambiar nuestras palabras negativas en palabras positivas? Cambiar el contenido de nuestro corazón. A eso se debe que digamos con tanta insistencia que cuando Cristo mora en nuestro corazón, tenemos paz y gozo. Y las palabras que decimos y la actitud que tenemos reflejan ese gozo. Él quiere cambiar nuestra tristeza en paz. Démosle entrada hoy mismo. De hacerlo así, nuestra vida será, en su totalidad, una vida nueva. Dejémoslo entrar.

Hermano Pablo

MAS ALLA DE LA RIQUEZA Y EL PODER

En 1923, un pequeño grupo de los hombres más ricos del mundo se reunieron en el Hotel Edgewater Beach de Chicago, Illinois. Eran la elite de la riqueza y del poder. En aquel tiempo, ellos controlaban más dinero que la cantidad total existente en el Tesoro de los Estados Unidos. Esta es una lista de los que estuvieron allí y lo que a la larga les ocurrió:

• Schwab, presidente de la industria independiente de acero más importante: murió en la bancarrota.

• Arthur Cutten, el más grande de los especuladores de trigo: murió insolvente en el extranjero.

• Richard Witney, presidente de la Bolsa de Valores de Nueva York: murió poco después de ser puesto en libertad de la prisión de Sing Sing.

• Albert Fall, miembro del gabinete de un presidente de los Estados Unidos: se le indultó de la prisión para que muriera en su hogar.

• Jess Livermore, el «oso» más grande de Wall Street: se suicidó.

• Leon Fraser, presidente del Bank of International Settlements: se suicidó.

• Ivar Kreuger, jefe del monopolio más grande del mundo: se suicidó.

Hasta el millonario griego, Aristóteles Onassis, que conservó su riqueza y murió a edad avanzada, reconoció que el dinero no es equivalente al éxito. El sostuvo que «después que llegas a cierto punto, el dinero pierde importancia. Lo que importa es el éxito».

Tomado de El mapa para alcanzar el éxito. John Maxwell.

Qué es el éxito en realidad? No es dinero, no es poder. El verdadero éxito es vivir de acuerdo a los principios de Dios. Cuando nuestra vida se alinea a los principios eternos, entonces nos movemos en el verdadero camino de Dios. Deja hoy de moverte en la vanidades del mundo y comienza dar pasos en el camino de Dios. La vida tiene un precio muy alto: ¡ningún dinero la puede comprar! Salmo 49:8 No pongan su confianza en el dinero mal ganado; no se hagan ilusiones con el fruto de sus robos. ¡No vivan sólo para hacerse ricos! Salmo 62:10

EREV YOM KIPPUR

Lectura: Mateo 5:21-26.
"Reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" Mateo 5:24
En el judaísmo, el día más santo del año es el Yom Kippur, el día de la expiación. Ese día, la nación busca el perdón de Dios por los pecados, tanto personales como nacionales.
Sin embargo, lo interesante es el día antes de Yom Kippur, conocido como Erev Yom Kippur. Representa la última oportunidad que tiene una persona de buscar el perdón de sus prójimos antes de que se inicie el Yom Kippur. Esto es importante porque, en el pensamiento judío, se debe buscar el perdón de las demás personas antes de pedir el perdón de Dios.
Hoy estamos llamados a hacer lo mismo. Jesús señaló que, a fin de adorarle con todo nuestro corazón, necesitamos primero resolver nuestros asuntos con los demás. En Mateo 5:23-24, Él dijo: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda».
Incluso en un asunto tan básico como nuestra ofrenda, la capacidad para adorar a Dios de verdad se ve obstaculizada por la realidad de las relaciones quebrantadas por nuestras malas acciones, malas actitudes y malas palabras.
Entonces, para que nuestra adoración pueda ser agradable y aceptable a Dios, hagamos todo esfuerzo por reconciliarnos unos con otros -hoy.
Si contra tu hermano has pecado, un muro entre tú y Dios has levantado.