jueves, 29 de agosto de 2013

UNA SIMPLE LEY FÍSICA

Era la fiesta de los Enamorados en Londres. Se celebraba un alegre baile juvenil en un edificio de dos pisos. La noticia de la fiesta se difundió. Los jóvenes fueron llegando en parejas, en grupos de cuatro, de seis, de ocho, de diez. Cuando ya había más de doscientos jóvenes bailando rock, el piso cedió.
Se debió a una simple ley física. Un piso hecho para soportar a cincuenta personas no puede soportar a doscientas. El piso se rompió y los jóvenes cayeron en medio de una espantosa confusión. Dos muertos y sesenta heridos fue el saldo del trágico final de la fiesta.
Hay leyes físicas que no se pueden violar sin pagar las consecuencias. Si se ponen los dedos en el metal caliente, se sentirá la quemadura. Si se toca un cable eléctrico, se sentirá la descarga. Si se deslizan los dedos por el filo del cuchillo, correrá la sangre.
El universo tiene infinidad de leyes físicas que son así porque así las formuló el Creador. No se pueden violar sin sufrir algún percance. Y también el universo, y especialmente la humanidad, poseen una gran cantidad de leyes morales, igualmente firmes, igualmente valiosas, que tampoco se pueden violar con impunidad.
Consideremos el caso de Londres. El piso del edificio no cedió debido a que los jóvenes bailaban música rock, ni porque bebían cerveza, ni porque algunos fumaban marihuana ni porque algunas jóvenes parejas se entregaban a excesivas muestras de cariño. Cedió porque se le puso encima demasiado peso, y nada más; es decir, por una simple ley física.
Así mismo, si sobre una esposa sufrida o un esposo demasiado ingenuo, el otro cónyuge empieza a poner demasiado peso de infidelidad, tarde que temprano habrá un quiebre, una ruptura, un desastre. Es una simple ley moral.
Muchas esposas ceden por el peso de demasiadas burlas del marido, y se rompen como estante de vidrio que deja caer estrepitosamente la excesiva carga de copas que se le ha puesto encima. Y quedan igualmente hechas añicos.
No se puede cargar un puente con demasiada carga ni poner demasiado peso en la bodega de un barco o de un avión. Todo tiene un límite. Pasado ese límite, hay peligro de muerte.
Tampoco se puede cargar el corazón de un ser humano con demasiada pena. Y menos cuando ese corazón es el de la esposa o del esposo. Pidámosle hoy a Cristo sabiduría, comprensión y poder. Él nos ayudará.
Hermano Pablo

¿QUE SALE DE NUESTRA BOCA?

"...De la abundancia del corazón habla la boca" (Mateo 12:34, NVI).
¡Qué expresión tan exacta utilizó Jesús en este pasaje para definir los dichos de las personas! No es necesario hacer un análisis de oratoria para descubrir lo que alguien atesora en su interior. Por más elocuente que sea una persona para persuadir, convencer o deleitar con sus palabras, siempre quedará su discurso enmarcado en esa verdad enunciada por Jesús.
Si nos detuviéramos alguna vez a escuchar con atención a los demás y a nosotros mismos, posiblemente nos sorprenderíamos de lo escuchado. Por ejemplo, no debería extrañarnos que cuando alguien menciona reiteradas veces al dinero y a las cosas materiales en sus conversaciones (aunque niegue su apego al mismo), tenga amor al dinero y avaricia en su corazón. Si bien el caso del ejemplo se podría decir que es fácil de reconocer, observemos a continuación otros ejemplos, los cuales muchas veces están revestidos de religiosidad:
  • Un corazón manipulador bien maquillado con una sonrisa y modos piadosos que, bajo frases tales como: "nadie me comprende", "tú no entiendes lo que quiero decir", "no has interpretado correctamente mis palabras", trata de imponer su parecer y, a veces, sus caprichos.
  • Doble discurso.
  • Vocabulario prolijamente cuidado dentro del ámbito de la iglesia y descuidado en el trabajo, en la familia, etc. "...Ninguna fuente puede dar agua salada y dulce" (Stg 3:12, RVR 1960).
  • Palabras soeces y de mal gusto. Groserías. "Eviten toda conversación obscena" (Efesios 4:29, NVI).
  • Expresiones tales como: "Te envidio sanamente", sabiendo que la envidia es un deseo de la carne y que está contra el Espíritu (Gálatas 5:16-21).
  • Hablar mal de otras personas deliberadamente con malicia o bien para resaltar la propia piedad en detrimento del otro. "...Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener..." (Romanos 12:3, NVI).
  • Hablar siempre de uno mismo y hasta llegar a ponerse de ejemplo.
  • Mentir. "Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios" (Col 3:9, NVI).
  • Adular a otros para ser aceptado y conseguir algún fin.
  • Comentarios negativos y de desánimo. "Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno" (Col 4:6, NVI).
  • Exageración en los dichos (aquí no se hace referencia a la figura literaria 'hipérbole'). "Cuando ustedes digan 'sí', que sea realmente sí; y cuando digan 'no', que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno" (Mateo 5:37, NVI).
  • Explosiones de ira. "Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno" (Col 3:8, NVI).
Por supuesto que la lista anterior podría extenderse mucho más, pero el objetivo aquí no es hacer una lista de pecados, sino poder reflexionar acerca de lo que decimos y escuchamos. La Biblia nos advierte en varios pasajes acerca de la importancia de cuidar nuestra lengua y de las consecuencias que provoca no hacerlo, por eso debemos ser custodios de nuestras palabras y pedirle al Señor que nos fortalezca en aquello que nos cuesta (por ejemplo: chismes, burlas, mimetismo con el vocabulario del mundo, etc.).
Para concluir, el apóstol Pablo en Efesios da un sabio consejo, que lejos de ser un listado de términos religiosos a repetir, es más bien la expresión natural que debería fluir de una fuente llena del Espíritu Santo: "...que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan" (Efesios 4:29, NVI).