viernes, 20 de enero de 2012

«¿SERÁ ESTO EL FIN DE TODO?»

El museo atraía un gran número de personas. La atracción eran las figuras de cera que representaban las supuestas etapas evolutivas del hombre desde sus primeras apariciones en el globo terrestre, millones de años atrás. Fue el deleite, al principio, de todos los partidarios de la evolución.

Éstas comenzaban con el famoso australopitecus, el antepasado más primitivo del hombre. Luego, subiendo en la escala de la evolución, estaba el hombre de Neanderthal. Posteriormente, el hombre Cromagnon, y así hasta llegar al Homo Sapiens, una magnífica figura del hombre actual, atlético y buen mozo.

Sin embargo, a partir de ahí las figuras comenzaban a mostrar una declinación alarmante, siendo la etapa final una lápida con la palabra «SIDA», y junto a esa lápida una leyenda que decía: «¿Será esto el fin de todo?» El hombre ha llegado a la cúspide de su desarrollo físico e intelectual, y ahora se comienza a ver una declinación ominosa y fatal.

Lo cierto es que nadie puede negar la existencia del mal. Como prueba tenemos las cárceles, los manicomios y los hospitales. Cada día hay más estafas, más escándalos financieros, más desfalcos industriales. Y hay cada vez más gente en los consultorios psiquiátricos, más matrimonios destruidos, más abortos, más divorcios y más tumbas para jóvenes, todavía en la primavera de su vida.

A todo esto, y siempre en aumento, se ha sumado la plaga máxima, el SIDA, enfermedad mortal estrechamente relacionada con el desenfreno sexual. Con razón el museo de cera hace la pregunta: «¿Será esto el fin de todo?»

No obstante, ni el SIDA ni ninguna otra calamidad universal pueden ser el fin de todo. Es que el hombre no es producto de la evolución; es creación de Dios. Y a pesar de que el hombre ha optado por hacer caso omiso de las leyes morales y espirituales de Dios, trayendo sobre sí todos los males de la familia humana, Dios tiene un plan para cada uno, y el que se someta a su divina voluntad no tiene que sufrir el fin fatal que presagia el museo.

Dios no quiere el aniquilamiento de la humanidad. Él no la creó para que se destruya a sí misma, sino para que triunfe. Él quiere verla en victoria aquí sobre esta tierra y en su traslado a la gloria eterna. Para eso vino Jesucristo al mundo: para traer redención y vida eterna. Creamos en Jesucristo y recibamos esa vida eterna gratuita, perfecta y segura. Entreguémosle nuestra vida a Cristo.

Hermano Pablo

¿ESTÁS DISPUESTO A PONER DE TU PARTE?


La noche que Jesús fue entregado, mientras oraba en el huerto, esperando que vinieran a buscarlo, oró al Padre de la siguiente manera:

«Padre, si quieres, no me hagas beber este trago amargo; pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya.»

La parte más humana de Jesús se pone de manifiesto en el momento más crítico de su paso por la tierra. Sabía a qué había venido, sin embargo el hombre que también hay dentro de él, no por ser libre de pecado, deja de sufrir, de sentir y de desear como hombre. Esa parte humana lo lleva a querer algo distinto de lo que Dios había dispuesto para él desde un principio.

Si lo pienso dos veces, me parece hasta ofensivo comparar esta situación que Jesús vivió, con otras tantas situaciones que nosotros vivimos, en las cuales queremos tomar un camino diferente al que Dios ha dispuesto para nosotros. Sin embargo, no hay nada ni nadie que pueda inspirarnos más a seguir su ejemplo que el propio Jesús.

Él fue tentado en todo, incluso a no subirse a la cruz, Dios no iba a obligarlo, lo había enviado para eso, pero a pesar del deseo de dejar pasar la copa, estaba decidido a terminar lo que había comenzado.

La Biblia en Hebreos 12:2 nos dice: "(Jesús) quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz", supo ver más allá de la situación inmediata que tenía por delante, supo llenarse de gozo en medio de la oscura realidad que lo abrumaba, en medio de su vulnerabilidad humana pudo decir: "pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya". Esto le bastó al Padre para quitar de él la carga que lo agobiaba y viendo ya ante sus ojos los alcances del acto que estaba por realizar, pudo levantarse y enfrentar a sus captores.

Dios nos ha hecho libres para elegir, y esa es la única parte que realmente nos toca, pues todas las demás cosas son provisión divina: los medios, la fortaleza, el sostén, la fe, el amor, la paciencia, el consuelo, el propósito, la bendición en lo que hacemos o dejamos de hacer.
La lista es interminable y adquiere infinitas formas y elementos, puedes completarla con todo lo que necesitas tú para poder beber de tu copa.

Lo único que Dios no puede poner es un corazón dispuesto. La disposición a la acción y a seguirlo, a amarlo sin condicionamientos, a obedecerlo sin cuestionarlo, ésa es nuestra parte, lo demás verdaderamente no es nuestro.

"Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga."

Todos atravesamos situaciones de prueba en las que somos llamados a negarnos a nosotros mismos (dejar de hacer nuestra voluntad y deseo) para cargar nuestra cruz y seguir al Maestro. Nadie nos entiende mejor que Jesús en tales situaciones. Porque Su amor por nosotros fue tan grande que no pudo eludir la cruz, es que ese mismo amor nos mueve hoy a decir: "pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya."

A veces la carga parece pesada, pero la promesa es fiel y cumplida sin demora: "mi yugo es suave y mi carga es liviana."

Equipo de colaboradores del Portal de la Iglesia Latina
www.iglesialatina.org
EricaE