lunes, 22 de diciembre de 2014

LAS INSTRUCCIONES DEL MAESTRO

Era el primer salto en paracaídas. Los ocho jóvenes australianos, todos ellos aprendices de paracaidismo, estaban entusiasmados. El avión que los llevaba volaba a mil quinientos metros de altura, y uno por uno los jóvenes fueron saltando. Todos habían estudiado con esmero. Pero a Alan Bannerman, de la ciudad de Sydney, no le fue bien. Su paracaídas se desplegó antes de tiempo y se enredó en la cola del avión. El joven quedó colgado de la cola en pleno vuelo.
El instructor de Alan comenzó a darle instrucciones: cómo quitarse el paracaídas enredado, cómo abrir el de repuesto, cómo aterrizar. Y siguiendo las instrucciones del profesor, y recordando las lecciones aprendidas en ocho horas de aprendizaje, el joven pudo salir de su amarradura y aterrizar sano y salvo.
¡Qué importante es saber cómo seguir las instrucciones del maestro! Es la única salvedad en cualquier problema que se presente, ya sea en el aprendizaje del paracaidismo o en el caminar de esta vida.
Son ciertamente muy pocos los que practican el paracaidismo, y sin embargo la vida entera es un gran salto. A diario confrontamos situaciones imprevistas. Cada nada tenemos que tomar decisiones de mayor o menor envergadura, y nos perdemos en el gran mare mágnum de perplejidades y desasosiegos que son parte de esta vida.
¿Qué podemos hacer cuando nuestro paracaídas no funciona, cuando nos estamos cayendo indefensos en forma vertiginosa? ¿Hay alguna solución para el alma confundida?, ¿para la vida en caos? Si no es nuestra paz del alma la que va en quiebra, es nuestra conducta, o nuestros negocios, o nuestro hogar o nuestra vida. Siempre hay algo que no anda bien, y a veces estas son situaciones muy severas. Nos estamos cayendo, y no hay salvación. ¿Qué podemos hacer?
Siempre podemos hacer las dos cosas que hizo Alan Bannerman, el paracaidista de Sydney: pedir sinceramente la ayuda divina, y luego seguir las instrucciones del Maestro.
Hay, para las luchas de la vida, un Dios que está atento a nuestro clamor. Según el salmista, ese «Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Salmo 46:1). Y es su Hijo Jesucristo, el Maestro divino, quien nos da los pasos a seguir. «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados —nos invita Cristo—, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí —nos instruye—, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave —concluye— y mi carga es liviana» (Mateo 11:28-30). Permitamos que Jesucristo sea nuestro Maestro y nuestro socorro.
Hermano Pablo

LA SEPULTURA NO ES LO IMPORTANTE

Primero lo enterraron en la iglesia de Garrison, en Potsdam, Alemania, junto a su padre Federico Guillermo. De ahí, en la época de la Segunda Guerra Mundial, lo sacaron y lo llevaron al refugio secreto del Mariscal Herman Goering. De ese lugar lo trasladaron a una mina de sal en Turingia, Alemania Oriental, a casi cinco mil metros bajo la superficie de la tierra.
De ahí lo llevaron a una iglesia en el pueblo de Marburgo, en Alemania Occidental. Y por fin en agosto de 1991, después de doscientos cinco años de haber muerto, el cuerpo de Federico I, el Grande, rey de Prusia, fue sepultado donde él quería: en los jardines de su palacio de verano, en la ciudad de Potsdam.
Toda esa odisea nos lleva a preguntarnos: ¿Tiene, realmente, alguna importancia el lugar donde a uno lo entierran?
Los grandes de este mundo le dan tanta importancia al lugar donde van a vivir como al lugar donde serán enterrados. Piensan que las personas de ilustre cuna como ellos deben ser sepultadas en lugares de grandeza y renombre.
Así pasó con Federico I, el Grande, rey de Prusia, filósofo, artista, mecenas de literatos, y formidable guerrero. Él quería que lo enterraran sin ninguna pompa ni ceremonia en los jardines de su palacio que bautizó «Sans Souci», que en francés significa «sin preocupación». Pero los azares de la política y de la historia lo llevaron de lugar en lugar, hasta que al fin, doscientos cinco años después de su muerte, sus restos llegaron a descansar donde él siempre quiso.
Y surge de nuevo la pregunta: ¿Tiene, después de todo, real importancia el lugar donde a uno lo entierran? Estudiemos esto por un momento.
Somos cuerpo y alma, lo material y lo espiritual, lo pasajero y lo eterno. El cuerpo que nos sostiene vino de la tierra y a la tierra regresa. El alma, esa parte inmaterial nuestra que es lo que realmente somos, es eterna. Es triste que le demos más importancia a la parte nuestra que retorna al polvo que a la que nunca muere.
Ciertamente para los familiares y amigos íntimos el lugar donde reposa el cuerpo tiene importancia; pero sin falta de respeto, o más aún, de reverencia, al deseo de estos allegados, para la persona que muere lo que más importa es dónde irá después de la muerte. Es el destino del alma lo que vale, no el destino del cuerpo.
Dios no nos ofrece sepulturas en mausoleos de mármol sino una morada eterna en la gloria celestial. Démosle hoy mismo nuestro corazón a su Hijo Jesucristo. Él nos dará una vida íntegra y buena aquí, y una vida de gloria eterna en el más allá.
Hermano Pablo

PERDIDOS EN EL DESERTO

Y le faltó el agua del odre, y echó al muchacho debajo de un arbusto, y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco; porque decía: No veré cuando el muchacho muera. Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho alzó su voz y lloró.”
Génesis 21:15
Los versículos de arriba pintan una imagen sombría de desesperanza y abandono, de profunda tristeza y resignación. La muerte como desenlace obligado para los cuerpos sedientos y agotados de una madre y su hijo perdidos en el desierto.
Los protagonistas de esta historia son Agar y su hijo Ismael, aunque en realidad podría ser la historia de cualquier madre y su hijo. Tal vez el desierto no sea el lugar físico real y la falta de agua no afecte directamente al cuerpo, pero la situación de Agar e Ismael se repite a diario en la historia de incontables duplas de madres e hijos sufriendo por alguna situación.
Tal vez enfermedad, maltrato, abandono, persecución, cualquiera sea el marco que delinea el desierto y cualquiera la necesidad vital no satisfecha que pone en riesgo la vida, el cuadro perturba nuestro corazón profundamente.
La mente se llena de preguntas, incomprensión e incertidumbre agitan nuestras fibras más íntimas, incluyendo el no deseado pero inevitable tono de reproche dirigido a nuestro Dios.
Como cuando levantamos un trozo de papel conteniendo una imagen que no comprendemos, comenzamos a girar el trozo para ver si de alguna manera lo que tenemos ante la vista adquiere algún tipo de sentido, puede ser interpretado desde algún punto de vista.
Cuando los sentidos sólo pueden ofrecer a la mente una perspectiva de desesperanza y dolor, de abandono y soledad, debemos dejar de girar el papel, tomar la distancia suficiente para poder volver a mirar, enfocando esta vez la porción del cuadro que estamos perdiendo.
Dios tiene puesta su mirada en lo eterno, todo lo hace con un propósito y una razón. Nosotros por defecto contemplamos sólo lo terrenal, un panorama chato y fatalista nos concentran en un hoy y un ahora que se vuelven determinantes y definitorios. Sin embargo Dios ha soplado eternidad en el corazón del hombre, si no incluimos la eternidad en la ecuación no podremos contemplar la imagen completa.
No percibir la realidad espiritual de las cosas que pasan o que nos pasan puede llegar a alejarnos de Dios o a construir una imagen de Él ajena a su naturaleza.
¿Estará Dios siendo injusto? ¿No tendrá valor para Él el vínculo que les une? ¿Será incapaz de concebir el dolor de una madre producto del amor que siente por su hijo moribundo? ¿Por qué permite una situación así?
Cuando sólo vemos abandono, desesperanza y el silencio de un Dios ausente y lejano debemos desechar la frágil realidad que nos ofrecen nuestros sentidos y racionalidad humana y volver al fundamento de la verdad expresada en su Palabra:
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” Juan 4:19
“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros;…” 1 Juan 3:16a
¿No hemos acaso conocido el amor por Él? ¿Quién ha sido capaz de amar primero?
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16
¿Habrá algo realmente esencial que nos sea negado, cuando no nos negó ni a su propio Hijo?
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;..” Éxodo 34:6
¿Serán engañosas las propias revelaciones que Él hace de sí mismo?
Independientemente de si las circunstancias que nos llevan a vagar perdidos por el desierto son producto de la consecuencia lógica de malas decisiones tomadas con anterioridad o no, nuestra percepción de Dios no cambia lo que Él es, ni lo que está dispuesto a hacer por nosotros.
El Señor no permaneció ajeno al llanto de Ismael ni a la aflicción de su madre:
 “Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está.” Génesis 21:16
De la misma manera Dios nos pregunta hoy: "¿Qué tienes?", nos consuela diciendo:“No temas”.
La desesperanza había segado a Agar, paradójicamente se negaba a contemplar aquello que era lo único que sus ojos podían ver: la inevitable muerte de su muchacho.
Sin embargo el Señor no la pierde de vista nunca, la vio salir muy de mañana, con escaso pan y un odre de agua, la vio tomar el camino equivocado y vagar sin rumbo. Lo permitió de esta manera porque sin desesperación y temor de muerte no habría habido encuentro. En su misericordia también había provisto de antemano la fuente que les daría de beber y les permitiría seguir adelante:
“Entonces Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho.” Génesis 21:19
¿Hemos descubierto nosotros la fuente que Dios ha preparado de antemano para nosotros?
“Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”Juan 7:37
“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”Apocalipsis 22:17b
Ante la confusión y el dolor aceptemos primeramente la soberanía de Dios, que el dolor terrenal no nos ciegue, dejémonos consolar con la convicción de que Dios es fiel a sus promesas y no dejará de cumplir ninguna de ellas.
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”
Apocalipsis 21:4
¿Pueden tus ojos ver la fuente de agua viva? Muéstrala a otros para que puedan beber de ella.

miércoles, 15 de octubre de 2014

UN CURIOSO FUNERAL

Desde que la tuvo en sus brazos por primera vez, la amó con toda la fuerza de su corazón. Le hizo las más delicadas ropitas. Le hizo también, con sus propias manos, una cunita preciosa, y le dio un nombre. La llamó Missy, un nombre inventado por ella misma.
Así la tuvo con ella durante cincuenta años. Cuando Missy llegó al fin de su existencia, casi destrozada por un perro, Lola Schaeffer, que la había amado tanto, le hizo un funeral que costó mil cuatrocientos dólares. Pero Missy no era una persona. No era ni siquiera un perro o un gato. Era una muñeca que Lola había recibido de regalo en la Navidad de 1941.
Casos como éste nos llevan a varias reflexiones. La primera es que todo amor desinteresado tiene algo de bueno y de noble. El amor de Lola Schaeffer por su muñeca fue uno de éstos. Como el amor es la esencia de la vida, todo amor puro es bueno.
La segunda reflexión es que parece un derroche inútil de dinero hacer un funeral tan caro sólo para una muñeca. Podrá decirse que el dinero era de Lola y que, por lo tanto, ella podía hacer lo que quisiera con él. No obstante, parece exagerado gastar mil cuatrocientos dólares sólo para enterrar una muñeca vieja.
Pero hay también una tercera reflexión. Muchas veces adoramos ídolos sin saberlo. Esta mujer hizo de su muñeca un ídolo, y la puso en el altar de su corazón. Vivió para ella y pendiente de ella toda su vida. Su muñeca valía para ella más que Dios, y era, por lo tanto, su dios.
Uno de los mandamientos del decálogo de Moisés dice: «No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:4‑5).
Hacer de cualquier objeto material, tenga la forma que tenga, la pasión de la vida, es desvirtuar el gran mandamiento de Dios. La Biblia enseña que sólo Dios, creador del cielo y de la tierra, merece toda lealtad, alabanza y adoración. Cualquier objeto, ya sea de piedra, de metal o de carne y sangre, si nos arranca más interés y tiempo e inversión de lo que le damos a Dios, es un ídolo. Coronemos solamente a Jesucristo como el Dios de nuestro corazón. Sólo Él puede corresponder con amor, compasión y paz.
Hermano Pablo

DEPENDENCIA

Me gustaría comenzar este escrito, compartiendo con los lectores lo que el diccionario nos dice acerca de la palabra “dependencia”, sobre todo en una de sus acepciones:
DEPENDENCIA: “Subordinación a un poder mayor”…
Por causa de este mundo convulsionado en el que nos toca vivir, esta palabra quizás se nos presenta en primera instancia con una carga negativa, como cuando hablamos por ejemplo:
. de una “dependencia que flagela”, esa que escuchamos tantas veces refiriéndose a la droga, o al alcohol; esa que quita vida y libertad.
. También la “dependencia emocional”, esa que existe entre algunas relaciones amorosas y/o familiares, que anula a la persona; que la obliga a seguir estando con alguien aunque le haga daño, en un sometimiento que “no deja ser.”
. O la más antigua y conocida: la “dependencia del esclavo al amo”, asustadiza y denigrante, en sus más variadas expresiones: esclavitud sexual, esclavitud infantil, esclavitud laboral…
Pero en contrapartida con lo dicho anteriormente, hombres y mujeres podemos experimentar un estado de “dependencia” en el cual sí vale la pena vivir: la DEPENDENCIA DE DIOS. Ésta, paradójicamente nos ofrece la posibilidad de ser verdaderamente libres.
Sí, la maravillosa dependencia que da libertad: Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” 2º Cor. 3:17
“Y en Cristo tenemos libertad para acercarnos a Dios, con la confianza que nos da nuestra fe en él”. Ef.3:12
-la milagrosa dependencia que da vida: “…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Jn. 10:10
-la poderosa dependencia que sana: “Dios sana a los que tienen roto el corazón, y les venda las heridas.” Sal.147:3
-la misericordiosa dependencia que no genera temor: “Recurrí al Señor, y él me contestó, y me libró de todos mis temores.” Sal. 34:4
“No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra”. Jer.1:8
-la constructiva dependencia que no subestima: “El Señor que te creó te dice: porque te aprecio, eres de gran valor y yo te amo.” Isaías 43:4
…y por último, (lo que no quiere decir que la lista se agote), la mayor de las paradojas de esta “dependencia de Dios”: la libertad de elegirla, la libertad de depender.
No es una tarea fácil. Nuestra naturaleza humana nos lleva a confundirnos en ese concepto de “libertad”; es difícil aprender a pensar como Dios piensa, tener su mismo sentir, ir por donde Él nos aconseja que vayamos, aceptar y amar a los demás como Él nos exhorta, dominar nuestro corazón orgulloso, tener un concepto equilibrado de nosotros mismos…
Es que, remitiéndonos a la definición del diccionario con el que comenzamos, la mejor decisión como hijos de Dios es “subordinar” nuestra vida entera y con ella nuestras relaciones, nuestras elecciones, nuestras decisiones… a ese “poder mayor” que radica nada más ni nada menos, que en la inconmensurable persona de Dios, el cual promete estar con nosotros, revestirnos de su poder, y para el cual nada es imposible.
Por Andrea Alves

TREINTA Y TRES AÑOS EN SOMBRAS

Cuando tenía seis años de edad, desapareció del pueblo. Nadie volvió a verlo. Y el poblado no era grande. Tenía apenas doce casas y unas cuarenta personas. Todos se conocían de nombre. Conocían los parientes de cada uno. Conocían su vida, sus costumbres, su risa, sus lágrimas.
Pero pasados treinta y tres años de su desaparición, Rudolff Sulzberger emergió de las tinieblas. Sus padres lo habían escondido en el sótano de la casa todo ese tiempo. La única razón era que Rudolff padecía de un leve retraso mental. Johan y Aloisia Sulzberger, de Berg Attergau, Austria, lamentablemente tenían vergüenza de la condición de su hijo.
Aunque este caso no es del todo raro, parece increíble. Que alguien, por padecer un retraso mental o por la razón que sea, esté forzosamente encerrado entre cuatro paredes sin poder salir a la luz del día, sin poder participar de las actividades que su condición admita, sin poder verse con nadie ni ser visto de nadie, es algo que pertenece a la Edad Media. Y lo trágico es que no es un caso único.
Toda persona es precisamente eso, una persona en todo sentido, especialmente en el sentido de ser creación de Dios. Y siendo creación de Dios, esa persona, cualquiera que sea su condición física o mental, merece la misma dignidad, decencia, nobleza y cariño que todos los demás.
Despreciar a alguien, y peor todavía, considerarlo menos que humano, especialmente si su condición es algo de lo cual no tiene ninguna culpa, es lo más indigno, vil e innoble que se pueda imaginar. En cambio, es de veras admirable la atención, la dedicación y el amor que padres, familiares y amigos dan a alguien que sufre cualquier impedimento físico o mental.
Todo el que ha sufrido el desprecio de los demás, especialmente el de familiares, debe saber que, precisamente por ese desprecio, Dios lo tiene más en cuenta. El Señor Jesucristo siempre puso de relieve la condición de los sufridos, de los despreciados, de los abandonados y de los solitarios, y Él tiene un amor, un cariño y una misericordia muy especial para ellos.
Por otra parte, toda persona que no conoce personalmente al Señor carece de dirección. Pero Cristo la espera con los brazos abiertos. Sus palabras son clásicas: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28). Esa invitación es para cada uno de nosotros. No la rechacemos. Aceptémosla hoy mismo.
Hermano Pablo

martes, 14 de octubre de 2014

Este pasado fin de semana tuvimos como invitado especial al Apóstol Tito Di Rocco y su mujer Mavel Di Rocco, fue algo tremendo donde pudimos notar la presencia del Espíritu Santo.

lunes, 13 de octubre de 2014

lunes, 6 de octubre de 2014



«SANO Y NORMAL»

Le encontraron mil ochocientas corbatas de seda; 88 pares de shorts, también de seda; 172 juegos electrónicos, 45 saleros y pimenteros; 32 peines; 28 portaplumas; y una enorme cantidad de billeteras y carteras de cuero fino.
Aquella colección tenía un valor de 45 mil dólares y era el orgullo de su dueño, Ka Kin Chang, de Hong Kong. Ya satisfecho, disfrutaba de su colección cuando la policía se lo llevó preso. Todos esos objetos los había robado a lo largo de ocho años.
«Este hombre es sano y normal —opinó el psiquiatra que lo evaluó—. No me explico por qué robaba.»
He aquí un juicio psiquiátrico interesante. Según los parámetros de la psiquiatría, Ka Kin Chang era un hombre «sano y normal». No había nada en él que se pudiera catalogar como complejo, aberración, paranoia o esquizofrenia. Por el contrario, era un hombre de negocios, culto, educado e inteligente, completamente «sano y normal». Pero robaba. Y además de robar, mentía y llevaba una vida doble, y estaba totalmente inconsciente del daño que hacía. Sin embargo, para la psicología, o por lo menos para el psicólogo que lo examinó, era un hombre «sano y normal». Con razón nos preguntamos: ¿Cómo puede la psiquiatría declarar sano y normal a un sujeto que lleva esa clase de vida?
Si ponemos a ese hombre bajo el escrutinio de las eternas e inmutables leyes divinas, éstas nos muestran que él era un pecador con un carácter corrupto y que por consiguiente no reunía las condiciones del eterno Dios para ser considerado sano y normal.
Los psicólogos podrán dar cualquier dictamen respecto a los delitos que cometen las personas, pero la eterna e infalible Palabra de Dios afirma que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Es decir, la Biblia considera que el pecado es el causante de la muerte, y si el pecado causa la muerte, entonces es una enfermedad, y más aún, es una enfermedad mortal. De modo que al pecador no se le puede calificar como «sano y normal».
Dios determina con justicia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es aceptable y lo que es reprochable, y nos dice que todos necesitamos ser transformados. Esa transformación es imprescindible porque estamos enfermos. Sólo Cristo puede limpiar al injusto. Él ya pagó en la cruz el precio de nuestra limpieza. Él quiere vernos sanos.
Hermano Pablo

domingo, 5 de octubre de 2014

AUNQUE LA HIGUERA NO FLOREZCA...

            Y de repente, un día cualquiera llega el momento de la prueba, o la enfermedad, o la ausencia… la despedida, el cambio… ¡Algo! Algo que nos pone de rodillas a implorar al Señor su acción, su respuesta.
            Y por lo general, podemos discernir dos opciones a Su respuesta; un “si”, o un “no”. Sin embargo… muchas veces entre nuestro:-“Amén”- y la voz de Dios en nuestras vidas, ocurre un tiempo espiritual que suele percibirse incluso, mucho más extenso que el tiempo cronológico real… Esa capacidad humana de sentir el tiempo de gozo más corto que aquel de dolor.
            Y es cuando nos embarga esa angustia de sentirse olvidado, ignorado… Como si ese Dios que sabemos real de repente ha girado su mirada de nosotros y hace silencio… un silencio que penetra en el alma e inmoviliza… y nos sentimos vulnerables y débiles.
            ¿Qué ha pasado? ¿Dónde queda ese bagaje de promesas de la Biblia de fortaleza, de poder, de milagros? Se leen tan frescas y hermosas en la Palabra pero se viven tan lejanas en esos tiempos… pasajes que motivan a la fe, a pedir, a buscar, a llamar, promesas de compañía, de abundancia, de salud… Pero entonces… ¿Qué sucede?
            La Biblia no miente y cada una de ellas es verdad… como así también es cierto, que el contenido real tiene que ver con una vida con otros valores. Los valores del Reino de Dios. Dios no promete anularnos las pruebas, pero sí promete su compañía para pasarlas. Nos brinda su fortaleza y de su paz, a través de Su Espíritu Santo, para caminar por este mundo como los extranjeros que somos en el.
            Aparentemente hubo alguien en el relato bíblico que se sintió en uno de estos momentos:
“Entonces me llenaré de alegría
a causa del Señor mi salvador.
Le alabaré aunque no florezcan las higueras
ni den fruto los viñedos y los olivares;
aunque los campos no den su cosecha;
aunque se acaben los rebaños de ovejas
y no haya reses en los establos.
Porque el Señor me da fuerzas;
da a mis piernas la ligereza del ciervo
y me lleva a alturas donde estaré a salvo.”
Habacuc 3: 17 al 19.
            ¡Que hermosa actitud! Poder alabarle aunque alrededor no haya nada, ni percibamos nada… Aprovechar ese tiempo de “silencio” del Señor para alabarle, desinteresadamente, sin esperar esa “respuesta tardía” que no es tal, ya que Él conoce todas nuestras necesidades antes que se las digamos…
            Quizás, y sólo quizás se ocurre… ese silencio tiene un propósito mucho más profundo… Papá hace silencio para oír nuestra adoración, plena y completa. Entrar en su presencia, recostarte en su regazo y mientras Él “calla”… simplemente decirle: -“Te amo”-
            El lo hizo primero, desde el principio de los tiempos, te amó siempre, te amó desde antes que existieras, te amó cuando dio a su hijo a morir por ti, te amó cuando en Su resurrección te acercó a Él, te amó y te ama siempre… Quizás hace silencio, para oír tu voz, en alabanza y adoración.
            Disfruta de los tiempos de silencio, “aunque la higuera no florezca”…

LA MALDITA MANZANA DELICIOSA

Era una simple manzana, una manzana roja, dulce, de piel aterciopelada, como todas las deliciosas manzanas que se producen en la provincia de Río Negro. Así que la pequeña Yesica Isabel Vilte, de Salta, Argentina, se la comió. Sus pequeños y filosos dientes se hincaron en la sabrosa pulpa... pero sólo para morir envenenada. Alguien —¡vaya a saber quién!— había inyectado en la fruta un poderoso veneno.
¿Quién iba a pensar que estaba saturada de veneno? Otros niños, incluso sus dos hermanitos, comieron manzanas del mismo canasto. Esas no estaban envenenadas. Alguien envenenó, adrede, esa singular manzana.
¿Qué enfermedad mental podría tener quien actuó de ese modo? ¿Qué resentimiento u odio le tendrá a la vida? ¿De dónde salen ideas tan destructivas? ¿Qué le está pasando a la raza humana?
¿Habrá alguna comparación entre esta fruta envenenada y aquella otra de la cual habla la Biblia? Nuestros primeros padres comieron una fruta que la tradición dice haber sido manzana. Como quiera, era una fruta agradable a la vista. Tenía incitante color y forma. Invitaba a probarla. Además de dulzor, prometía sabiduría y, más aún, aseguraba ser como Dios, que distingue entre el bien y el mal. Pero esa simple fruta —ya fuera manzana, pera o durazno—, la que la Biblia califica de fruta «del conocimiento del bien y del mal», produjo la muerte espiritual de la primera pareja y desencadenó todos los males que hay ahora en la tierra.
Cada vez que se prueba un fruto prohibido, parece dulce. El primer robo, el primer asalto, la primera estafa, parecen dulces. El primer adulterio es sabroso, así como la primera aventura galante de una mujer parece encantadora. Pero el resultado es la muerte, siempre la muerte. El diablo sabe pintar sus frutas tentadoras con los mejores colores, y perfumarlas con los mejores aromas, pero el resultado final es la muerte, siempre la muerte. Así fue en el Edén, y así ha sido siempre en todas las épocas de la historia. Todos los vicios y todas las pasiones al principio parecen deliciosos, pero al final, arrastran a la muerte.
Sólo Jesucristo puede salvarnos de las manzanas envenenadas de la vida. ¿Por qué sufrir la agonía que es fruto del pecado, cuando podemos rendirle nuestra vida a Él?
Hermano Pablo

martes, 30 de septiembre de 2014


Yo pensaba que este era un versículo para gente que no era cristiana, pensaba que no tenía nada que ver con los cristianos que ya creemos en Cristo.
Pero gracias a Dios pude darme cuenta que es no es así que es para todos tanto para unos como para otros, porque hay gente que no es cristiana y hay gente que se llama cristiana pero solo lo es de nombre 

(y cuando digo cristiana es que creen en Jesucristo, la palabra hecha carne).
Yo creo que el versículo es muy claro, busquemos a Dios porque a un podemos encontrarlo, habrá un día que lo llamemos pero ya estará muy lejos de nosotros, así que no perdamos el tiempo, porque cualquiera que busca halla.

lunes, 22 de septiembre de 2014

DE CADA DOS, UNO FRACASA

Oskar y Janet Sinclair, feliz pareja de recién casados, se despidieron de los invitados y partieron para el aeropuerto. Su luna de miel había de ser en Alaska, el estado de intensos cielos azules, de aguas heladas y de nieves perpetuas.
Llegaron a Anchorage, la capital, y a la mañana siguiente hicieron su primer paseo. Al ver un hermoso prado verde, decidieron correr hacia él. Lo que no sabían era que ese bello tapiz vegetal era, en realidad, arenas movedizas, esa peligrosa sustancia de arena suelta, mezclada con agua, que tiende a chupar hacia adentro cualquier objeto que la pisa. Fue así como desaparecieron lentamente en el aguado suelo. Murieron abrazados, al segundo día de casados, en un húmedo lecho de arenas movedizas.
Esta es una historia triste, aunque no del todo. Dos personas que se habían jurado amor eterno murieron sin haber nunca faltado a esos votos.
¿De cuántos matrimonios, hoy en día, se puede decir que terminaron sus días sin faltar a sus votos? La respuesta es asunto de estadística: de cada dos matrimonios, uno termina en divorcio.
El caso de Oskar y Janet se presta para varias reflexiones. Una es la ya mencionada. Fueron fieles el uno al otro hasta el fin de su vida. «Pero —objetará alguien— es porque murieron al día siguiente de haberse casado.» El que así piensa da a entender que lo único que asegura la fidelidad hasta la muerte es morirse tan pronto como se casa, pues los que viven algún tiempo juntos están destinados, tarde o temprano, al divorcio.
Es realmente triste, hasta deprimente, pensar que todo nuevo matrimonio se desbaratará, irremisiblemente, a los pocos días o años de casados. ¿Será esa una fórmula inevitable? ¿Acaso no existe un matrimonio feliz que sea duradero?
Claro que sí. Porque no todo matrimonio termina en divorcio. Es posible llevar una larga y feliz vida matrimonial. Los que hemos celebrado nuestras bodas de oro por haber permanecido casados más de cincuenta años —y algunos hasta más de sesenta años— podemos dar testimonio personal de eso. Cada año que pasa nos depara la oportunidad de reafirmar nuestro amor y nuestra felicidad.
Sin embargo, es necesario que haya una transformación y que esa transformación sea tan profunda que aniquile toda soberbia, rebeldía, orgullo y egoísmo. Cristo es el único capaz de transformarnos de ese modo. Pero tenemos que pedírselo. Él no transforma a nadie por la fuerza. Rindámosle nuestra vida a Cristo. Así en lugar de asegurar el fracaso de nuestro matrimonio aseguraremos más bien su triunfo.
Hermano Pablo

FÁBULAS


"Unos días después, cuando Jesús entró de nuevo en Capernaúm, corrió la voz de que
estaba en casa. Se aglomeraron tantos que ya no quedaba sitio ni siquiera frente a la puerta
mientras él les predicaba la palabra" (Marcos 2:1-2,NVI).
 
Si pudiéramos describir la escena de los dos versículos arriba citados, podríamos ver mucha
gente agolpada y empujándose para lograr o conservar ese espacio físico que los contuviera
mientras Jesús hablaba. Pero ¿qué importancia tenía aquello que Jesús podría contarles
para que la visita a esa casa se hiciera impostergable? La Biblia dice que Jesús les predicaba
la palabra y, por supuesto, como podemos ver a lo largo de los evangelios, también hacía
prodigios y milagros, pero no nos enfocaremos en ello en esta ocasión.
 
Jesús predicaba la palabra de manera simple, sencilla y clara, y enfrentaba a la persona
con una decisión. Su mensaje podía alegrar (enfermos sanados), entristecer (joven rico),
confrontar (fariseos), etc., pero nunca volvía vacío. "Así es también la palabra que sale de
mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos"
Cuando el Señor predicaba la Palabra, daba buenas nuevas a los pobres, proclamaba
libertad a los cautivos, sanaba los corazones heridos, consolaba a los que estaban de duelo.
Su predicación lograba llegar hasta lo más profundo del corazón del hombre, atravesaba el
"El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a
los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner
en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor" (Lucas 4:18-19,NVI).
"Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada
de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los
huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4:12,NVI).
 
Como hemos visto, Jesús no predicaba ni recetas, ni fórmulas ni pasos a seguir, y mucho
menos mitos y fábulas. Su predicación no tenía la intención de hacerle un mimo al corazón
¿Se ha puesto usted alguna vez a analizar qué es lo que predica cuando le habla de Cristo a
En tiempos tan light como los actuales, no sería extraño que se nos hayan anexado algunos
conceptos humanistas a la predicación del evangelio, así como también la práctica constante
de propuestas atractivas y con "enganche" para lograr con efectividad la asistencia de gente
a la iglesia. Y tal vez, en casos más extremos, algunos ya estén incluyendo ciertas fábulas a la
hora de predicar. Recordemos que la fábula es un relato ficticio con intención didáctica que
concluye con una moraleja, pero que no tiene nada que ver con el evangelio de Jesucristo.
 
La Biblia nos advierte que en los últimos tiempos habrá maestros que enseñarán lo que
la gente quiera oir y muchos dejarán de escuchar la verdad del evangelio para volcarse a
las fábulas, es decir, a relatos que contienen enseñanza moral, pero que distan de la sana
"Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima
con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar
la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les
digan las novelerías que quieren oir. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos"
Así como en la escena de Capernaúm, hoy hay mucha gente que con gusto se agolparía
para escuchar una palabra que les cambie la vida y les satisfaga el hambre espiritual. Como
cristianos sabemos que solo el evangelio de Jesucristo puede lograr ese efecto, por eso
debemos revisar lo que predicamos y desechar todo aquello que se parezca al mensaje del
Señor, pero no lo es. Las fábulas, las anécdotas, las hazañas no logran transformar la vida de
nadie, y menos saciar el hambre espiritual.
 
"Yo soy el pan de vida –declaró Jesús–. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en
  • mí cree nunca más volverá a tener sed" (Juan 6:35,NVI).

CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA

Takeo Juruna hacía su recorrido habitual por la enorme planta. Era el guarda nocturno de una fábrica electrónica de Tokio, Japón. Estaba rodeado de maravillas electrónicas como los robots, que siguen haciendo perfectamente su trabajo aunque ningún operario los maneje. Juruna se sentía orgulloso de trabajar allí.
De pronto un enorme brazo de hierro realizó un movimiento totalmente fuera de orden. Tomado por sorpresa, el hombre no pudo esquivar el golpe. Quedó muerto en medio de los robots. ¿Qué había pasado? Una interferencia electromagnética había afectado al robot y lo había llevado a realizar un movimiento totalmente desordenado.
«Fue una niebla electrónica —explicaron los técnicos—, una contaminación electromagnética que afectó al robot.»
He aquí una nueva contaminación, de las muchas que ya hay en la tierra. La «niebla electrónica» o «contaminación electromagnética» se produce por el funcionamiento de juegos de video, amplificadores caseros, teléfonos portátiles y muchos aparatos electrónicos más. Esta contaminación puede afectar los robots de las fábricas, y prácticamente «volverlos locos».
Está comprobado que el hombre contamina todo lo que toca: aire, ríos, lagos, mares, atmósfera y estratosfera. Contamina el comercio, la política, la religión y la moral. Contamina también el amor, el hogar y el matrimonio, así como a los niños y a la juventud. Contamina la mente, el corazón y el alma.
Con razón hay quienes dicen que esta vida es un martirio. Todos contaminamos lo que nos rodea y luego nos extraña que todo nos vaya mal. Le pedimos a Dios el milagro del socorro y luego nos extraña que Él no corresponda a nuestro clamor, cuando somos nosotros mismos los que producimos los males que nos acosan. Sembramos odio, rencor, ira y contienda, y cosechamos agonía, dolores, sufrimientos y muerte.
¿Podrá haber algo que quiebre esa secuencia fatídica de acontecimientos? Sí, pero sólo en el sentido individual, no colectivo. La persona que desea quitarse de encima las consecuencias que la están acabando debe tener un cambio de corazón. Eso lo produce sólo un profundo arrepentimiento. Si nos arrepentimos de corazón, Dios cambiará nuestra vida.
Hermano Pablo