jueves, 30 de junio de 2011

ESTADO DE MENDICIDAD

Kevin Barry salía a trabajar todos los días, ya fuera invierno o verano, o ya hiciera frío o calor. No descansaba ni domingos ni días feriados. Es que Kevin era un mendigo. Aquel hombre de cuarenta y cuatro años de edad se mantenía pidiendo limosna por las calles.

Lo interesante del caso es que Kevin comenzó a recibir una jubilación por incapacidad laboral, pero la dependencia del estado que administraba esos asuntos determinó que desde esa fecha el dinero que Kevin recibía en la calle se consideraría «donativos». Según los funcionarios estatales, aquellas entradas a modo de limosna ascendían a una suma de dinero tal que obligaba que se le redujera su jubilación por incapacidad.

Así es de compleja la vida moderna. En estos tiempos, para tener pan para comer, ropa para vestir y casa en la cual vivir, hay que tener mucha habilidad y mucha iniciativa. Será por eso que hay tantos «profesionales de la adulación», «profesionales del delito» y «profesionales de la mendicidad».

No se puede negar que estamos viviendo en tiempos difíciles. Sólo unos cincuenta años atrás nuestro trabajo tenía que ver con la tierra. Había ciertamente muchos pueblos, pero la gran mayoría de las personas se abastecían de lo que la tierra producía.

Hoy en día nos hemos volcado hacia las grandes ciudades, y ellas no dan lo suficiente para tanta afluencia de gente. De ahí que nos estemos volviendo «profesionales en el delito»: en el fraude, en la estafa, en el contrabando y en la prostitución, y hasta en la mendicidad.

¿Habrá alguna solución? En cuanto al crimen, hay que combatirlo con toda la fuerza de la ley. En cuanto a la pobreza, recordemos que de no ser por la gracia de Dios, todos podríamos ser pobres. Algún día tendremos que dar cuenta de la dureza de nuestro corazón. Es hasta probable que nuestros propios hijos exijan una explicación. Pero en el sentido espiritual, todos somos mendigos.

Jesucristo contó la siguiente parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios» (Lucas 18:10-14).

Ante Dios, todos somos mendigos espirituales. Pongamos a un lado nuestra vanidad. Digamos, como el recaudador de impuestos: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!» De hacerlo así, Cristo nos rescatará de nuestra mendicidad espiritual, y nos dará paz en esta tierra y una herencia incorruptible en el cielo.

Hermano Pablo

EL CORAZON DE PABLO

Lectura: Filipenses 1:12-21.
"…con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte" Filipenses 1:20
Según una tradición cristiana largamente aceptada, el apóstol Pablo fue decapitado y sepultado en Roma aproximadamente en el 67 d.C. En 2009, unos científicos realizaron una prueba de carbono en lo que muchos creen que son sus restos. Aunque estas pruebas aplicadas sobre fragmentos óseos confirmaron que datan del primero o segundo siglo, la identificación concreta continúa en duda. Sin embargo, al margen de dónde estén los huesos de Pablo, su corazón sigue viviendo en sus cartas del Nuevo Testamento.
Mientras estuvo preso en Roma, Pablo les escribió a los seguidores de Jesús en Filipos sobre el propósito que tenía en la vida, diciendo: «Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte» (Filipenses 1:20-21).
Al leer hoy las palabras de Pablo, estas nos desafían a examinar nuestros corazones. ¿Tenemos tanta pasión por Jesucristo como tenía él? ¿Es nuestra meta honrar al Señor en nuestra vida cotidiana?
Mucho después de que ya no estemos, los que nos conocieron recordarán cómo era nuestro corazón. Dios quiera que, tal como el apóstol, desarrollemos un legado de esperanza y estímulo centrado en la persona de Jesucristo.
Somos «cartas de recomendación» extendidas por Cristo para todos los que leen nuestras vidas.