domingo, 5 de octubre de 2014

AUNQUE LA HIGUERA NO FLOREZCA...

            Y de repente, un día cualquiera llega el momento de la prueba, o la enfermedad, o la ausencia… la despedida, el cambio… ¡Algo! Algo que nos pone de rodillas a implorar al Señor su acción, su respuesta.
            Y por lo general, podemos discernir dos opciones a Su respuesta; un “si”, o un “no”. Sin embargo… muchas veces entre nuestro:-“Amén”- y la voz de Dios en nuestras vidas, ocurre un tiempo espiritual que suele percibirse incluso, mucho más extenso que el tiempo cronológico real… Esa capacidad humana de sentir el tiempo de gozo más corto que aquel de dolor.
            Y es cuando nos embarga esa angustia de sentirse olvidado, ignorado… Como si ese Dios que sabemos real de repente ha girado su mirada de nosotros y hace silencio… un silencio que penetra en el alma e inmoviliza… y nos sentimos vulnerables y débiles.
            ¿Qué ha pasado? ¿Dónde queda ese bagaje de promesas de la Biblia de fortaleza, de poder, de milagros? Se leen tan frescas y hermosas en la Palabra pero se viven tan lejanas en esos tiempos… pasajes que motivan a la fe, a pedir, a buscar, a llamar, promesas de compañía, de abundancia, de salud… Pero entonces… ¿Qué sucede?
            La Biblia no miente y cada una de ellas es verdad… como así también es cierto, que el contenido real tiene que ver con una vida con otros valores. Los valores del Reino de Dios. Dios no promete anularnos las pruebas, pero sí promete su compañía para pasarlas. Nos brinda su fortaleza y de su paz, a través de Su Espíritu Santo, para caminar por este mundo como los extranjeros que somos en el.
            Aparentemente hubo alguien en el relato bíblico que se sintió en uno de estos momentos:
“Entonces me llenaré de alegría
a causa del Señor mi salvador.
Le alabaré aunque no florezcan las higueras
ni den fruto los viñedos y los olivares;
aunque los campos no den su cosecha;
aunque se acaben los rebaños de ovejas
y no haya reses en los establos.
Porque el Señor me da fuerzas;
da a mis piernas la ligereza del ciervo
y me lleva a alturas donde estaré a salvo.”
Habacuc 3: 17 al 19.
            ¡Que hermosa actitud! Poder alabarle aunque alrededor no haya nada, ni percibamos nada… Aprovechar ese tiempo de “silencio” del Señor para alabarle, desinteresadamente, sin esperar esa “respuesta tardía” que no es tal, ya que Él conoce todas nuestras necesidades antes que se las digamos…
            Quizás, y sólo quizás se ocurre… ese silencio tiene un propósito mucho más profundo… Papá hace silencio para oír nuestra adoración, plena y completa. Entrar en su presencia, recostarte en su regazo y mientras Él “calla”… simplemente decirle: -“Te amo”-
            El lo hizo primero, desde el principio de los tiempos, te amó siempre, te amó desde antes que existieras, te amó cuando dio a su hijo a morir por ti, te amó cuando en Su resurrección te acercó a Él, te amó y te ama siempre… Quizás hace silencio, para oír tu voz, en alabanza y adoración.
            Disfruta de los tiempos de silencio, “aunque la higuera no florezca”…

LA MALDITA MANZANA DELICIOSA

Era una simple manzana, una manzana roja, dulce, de piel aterciopelada, como todas las deliciosas manzanas que se producen en la provincia de Río Negro. Así que la pequeña Yesica Isabel Vilte, de Salta, Argentina, se la comió. Sus pequeños y filosos dientes se hincaron en la sabrosa pulpa... pero sólo para morir envenenada. Alguien —¡vaya a saber quién!— había inyectado en la fruta un poderoso veneno.
¿Quién iba a pensar que estaba saturada de veneno? Otros niños, incluso sus dos hermanitos, comieron manzanas del mismo canasto. Esas no estaban envenenadas. Alguien envenenó, adrede, esa singular manzana.
¿Qué enfermedad mental podría tener quien actuó de ese modo? ¿Qué resentimiento u odio le tendrá a la vida? ¿De dónde salen ideas tan destructivas? ¿Qué le está pasando a la raza humana?
¿Habrá alguna comparación entre esta fruta envenenada y aquella otra de la cual habla la Biblia? Nuestros primeros padres comieron una fruta que la tradición dice haber sido manzana. Como quiera, era una fruta agradable a la vista. Tenía incitante color y forma. Invitaba a probarla. Además de dulzor, prometía sabiduría y, más aún, aseguraba ser como Dios, que distingue entre el bien y el mal. Pero esa simple fruta —ya fuera manzana, pera o durazno—, la que la Biblia califica de fruta «del conocimiento del bien y del mal», produjo la muerte espiritual de la primera pareja y desencadenó todos los males que hay ahora en la tierra.
Cada vez que se prueba un fruto prohibido, parece dulce. El primer robo, el primer asalto, la primera estafa, parecen dulces. El primer adulterio es sabroso, así como la primera aventura galante de una mujer parece encantadora. Pero el resultado es la muerte, siempre la muerte. El diablo sabe pintar sus frutas tentadoras con los mejores colores, y perfumarlas con los mejores aromas, pero el resultado final es la muerte, siempre la muerte. Así fue en el Edén, y así ha sido siempre en todas las épocas de la historia. Todos los vicios y todas las pasiones al principio parecen deliciosos, pero al final, arrastran a la muerte.
Sólo Jesucristo puede salvarnos de las manzanas envenenadas de la vida. ¿Por qué sufrir la agonía que es fruto del pecado, cuando podemos rendirle nuestra vida a Él?
Hermano Pablo