martes, 3 de febrero de 2009

LA FRAGANCIA DE TU PRESENCIA


Entre un jardín de flores
Bebí el néctar de tus amores

Me embriagó la fragancia de tu presencia
Que calmó los vacíos de tu ausencia.

Sangraste heridas por mis dolores
Refrescaste mi alma con tus olores

Fragancia divina que da excelencia
Sobrepasa el dinero y toda ciencia.

Patricia J. Olivera Costilla

LLUVIAS

Tenía afición a los días de lluvia. Cuando el cielo se encapotaba de gris y las nubes comenzaban a regar el suelo seco con sus gratas gotas, Moisés Shabatai, israelí de veintinueve años de edad, cambiaba de humor. Se sentía renovado, reconfortado.

Lamentablemente, entonces salía a realizar su ocupación favorita: asaltar a mujeres solas en los parques de Tel Aviv. Pero en el último día de lluvia que escogió para sus fechorías, le cayó una lluvia de policías. Nada menos que treinta representantes de la ley le cayeron encima y lo apresaron.

Después le cayó una lluvia de denuncias y una lluvia de leyes. Como resultado, el juez le aplicó una lluvia de años de condena: nada menos que treinta.

Es cierto que los días de lluvia tienen cierto encanto especial. Son días que invitan a recogerse en el hogar, a leer el libro favorito, a jugar con los niños, a conversar con el cónyuge sobre las experiencias del ayer. Pero para Moisés Shabatai esos días eran días de delitos.

¿Por qué hay personas que transforman lo bueno en algo malo? La vida tiene mucho que es lindo y bueno, que empleado legítimamente conduce a la alegría y la satisfacción. Pero el abuso o el mal uso de lo que es esencialmente bueno lo convierte en malo.

El amor, por ejemplo, ¿acaso no es una de las fuerzas más maravillosas que hay bajo el sol, quizá la más maravillosa de todas? Bien orientado, el amor, como Dios lo manda, es una fuente estupenda de felicidad; pero mal orientado, se vuelve una psicopatía, una aberración.

Con el sexo pasa lo mismo. Esa poderosa fuerza encauzada dentro de las normas divinas es también fontanal de profundo placer. Pero encauzada indebidamente, fuera del matrimonio, fuera de las leyes divinas, es pecado. Y el pecado —ya lo sabemos por la Palabra de Dios— es muerte. Sólo Jesucristo puede darnos la sabiduría necesaria para hacerlo todo bien y en su punto.