martes, 13 de noviembre de 2012
BENDITA SANTIDAD
Algunos estudiosos de la palabra afirman que la santidad es el atributo de Dios que más nos incomoda.
Cuando hablamos del carácter de Dios enfatizamos su amor, su misericordia, su longanimidad, su conocimiento y sabiduría infinitos, pero raramente hablamos de su santidad, de su justicia y de la ira que el pecado del hombre provoca en su ser.
Cuando el profeta Isaías recibe su llamamiento, experimenta una visión en la que ve a Dios sentado en su trono: Isaías 6:1-3
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Estos seres alados que sobrevolaban el trono de Dios tenían una particularidad, contaban con tres pares de alas. Con un par de ellas cubrían sus pies, con un par de alas volaban y con otro par de alas cubrían sus rostros, pues no podían mirar directamente la gloria de Dios.
Tanto impresionó la visón de Dios al profeta que exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto”; pues siendo hombre pecador Isaías había visto a Dios y entendía que nadie puede verle y seguir vivo, sabía que la santidad de Dios lo fulminaría.
Esta santidad de Dios es la misma que quemó por completo a los hijos de Aarón, cuando ofrecieron ant e Él fuego extraño que el Señor no había ordenado. Aarón y Moisés fueron enseñados de dolorosa manera práctica lo que el Señor ya les había anunciado, pues éstas fueron las palabras de Moisés a su hermano ante la pérdida de sus hijos:
“Esto es lo que el Señor quería decir cuando dijo: “A los que se acercan a mí les mostraré mi santidad, y a todos los israelitas les mostraré mi gloria. Y Aarón se quedó callado.” (Levítico 10:3)
Aarón no tuvo más opción que callar ante Dios y ante el pueblo, pues Su santidad no puede ser subestimada o pasada por alto.
Conocer el amor de Dios, experimentar su misericordia y su gracia nos hace bien, pues nos acercan a un Dios que extiende sus brazos en busca del arrepentido. Por su parte, su santidad y justicia, así como las expresiones de su ira nos asustan y confunden hasta el punto de que algunos han llegado a minimizar o incluso ignorar estos atributos de Dios. Por ello es importante tener algunos puntos en claro:< br />
- Dios no cambia, es inmutable. Es el mismo ayer, hoy y siempre.
- Sus atributos se califican mutuamente y ninguno prevalece sobre el otro. Por ello podemos decir que su ira es santa y que su amor es infinito. Su justicia sabia y su sabiduría justa.
- El carácter de Dios no depende de ninguna concepción humana. Él es el que es, y de nada sirve minimizar su justicia o enfatizar su misericordia.
Tomar conciencia de la distancia abismal que existe entre su santidad y nuestra pecaminosidad nos coloca como criaturas en el correcto lugar que tenemos ante ese Dios.
Entender su justicia nos ayuda a profundizar nuestra comprensión del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz. Pues su justicia fue en Jesucristo perfectamente satisfecha, el justo murió por el injusto, para evitarnos la justa muerte que merecíamos.
Aceptar su ira como justa sobre los que lo niegan nos ayuda a valorar y amar más su gracia y misericordia. Pues quienes consideran a Dios injusto o ausente, responsable de los males de la humanidad, no han comprendido que Dios no le debe nada a su criatura y que en lugar de ejercer su justo juicio sobre todos los hombres ha extendido su gracia y misericordia de manera voluntaria, porque así le ha placido.
Un Dios infinitamente santo insta a adoración, un Dios de justicia eterna despierta el verdadero temor de Dios, su ira descargada en la cruz del calvario nos ayuda a comprender su amor. Es a este Dios alto, Señor todopoderoso cuya gloria llena toda la tierra a quien por Cristo podemos decir: ¡Abba Padre! A ese Dios adoremos con entrega y gratitud, ¡a Él sea toda la gloria y el poder por los siglos de los siglos!
Cuando hablamos del carácter de Dios enfatizamos su amor, su misericordia, su longanimidad, su conocimiento y sabiduría infinitos, pero raramente hablamos de su santidad, de su justicia y de la ira que el pecado del hombre provoca en su ser.
Cuando el profeta Isaías recibe su llamamiento, experimenta una visión en la que ve a Dios sentado en su trono: Isaías 6:1-3
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.”
Estos seres alados que sobrevolaban el trono de Dios tenían una particularidad, contaban con tres pares de alas. Con un par de ellas cubrían sus pies, con un par de alas volaban y con otro par de alas cubrían sus rostros, pues no podían mirar directamente la gloria de Dios.
Tanto impresionó la visón de Dios al profeta que exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto”; pues siendo hombre pecador Isaías había visto a Dios y entendía que nadie puede verle y seguir vivo, sabía que la santidad de Dios lo fulminaría.
Esta santidad de Dios es la misma que quemó por completo a los hijos de Aarón, cuando ofrecieron ant e Él fuego extraño que el Señor no había ordenado. Aarón y Moisés fueron enseñados de dolorosa manera práctica lo que el Señor ya les había anunciado, pues éstas fueron las palabras de Moisés a su hermano ante la pérdida de sus hijos:
“Esto es lo que el Señor quería decir cuando dijo: “A los que se acercan a mí les mostraré mi santidad, y a todos los israelitas les mostraré mi gloria. Y Aarón se quedó callado.” (Levítico 10:3)
Aarón no tuvo más opción que callar ante Dios y ante el pueblo, pues Su santidad no puede ser subestimada o pasada por alto.
Conocer el amor de Dios, experimentar su misericordia y su gracia nos hace bien, pues nos acercan a un Dios que extiende sus brazos en busca del arrepentido. Por su parte, su santidad y justicia, así como las expresiones de su ira nos asustan y confunden hasta el punto de que algunos han llegado a minimizar o incluso ignorar estos atributos de Dios. Por ello es importante tener algunos puntos en claro:< br />
- Dios no cambia, es inmutable. Es el mismo ayer, hoy y siempre.
- Sus atributos se califican mutuamente y ninguno prevalece sobre el otro. Por ello podemos decir que su ira es santa y que su amor es infinito. Su justicia sabia y su sabiduría justa.
- El carácter de Dios no depende de ninguna concepción humana. Él es el que es, y de nada sirve minimizar su justicia o enfatizar su misericordia.
Tomar conciencia de la distancia abismal que existe entre su santidad y nuestra pecaminosidad nos coloca como criaturas en el correcto lugar que tenemos ante ese Dios.
Entender su justicia nos ayuda a profundizar nuestra comprensión del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz. Pues su justicia fue en Jesucristo perfectamente satisfecha, el justo murió por el injusto, para evitarnos la justa muerte que merecíamos.
Aceptar su ira como justa sobre los que lo niegan nos ayuda a valorar y amar más su gracia y misericordia. Pues quienes consideran a Dios injusto o ausente, responsable de los males de la humanidad, no han comprendido que Dios no le debe nada a su criatura y que en lugar de ejercer su justo juicio sobre todos los hombres ha extendido su gracia y misericordia de manera voluntaria, porque así le ha placido.
Un Dios infinitamente santo insta a adoración, un Dios de justicia eterna despierta el verdadero temor de Dios, su ira descargada en la cruz del calvario nos ayuda a comprender su amor. Es a este Dios alto, Señor todopoderoso cuya gloria llena toda la tierra a quien por Cristo podemos decir: ¡Abba Padre! A ese Dios adoremos con entrega y gratitud, ¡a Él sea toda la gloria y el poder por los siglos de los siglos!
Equipo de colaboradores del Portal de la Iglesia Latina
www.iglesialatina.org
EricaE
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martes, 6 de noviembre de 2012
LA MUERTE VINO DE ABAJO
Los seis jóvenes subieron al auto, alegres, despreocupados,
chispeantes, divertidos. Eran tres parejas de novios que celebraban su
graduación.
Subieron al auto y emprendieron una loca carrera por los caminos
del sur de Francia. Pero había demasiado alcohol en el cerebro del
conductor.
En una curva del camino el auto se salió de la vía. Cayó en una
acequia de tres metros de profundidad que estaba llena de agua. El auto
quedó encajonado en la acequia y les fue imposible abrir las puertas.
El agua comenzó a subir, y lentamente los cubrió a todos. Esos últimos
momentos fueron de horror. Los golpes sufridos por el accidente, junto
con la asfixia, cobraron seis vidas jóvenes al mismo tiempo.
Los titulares de los periódicos anunciaron: «Un auto lleno de
jóvenes cae en una acequia y se hunde en el agua. Fue imposible para
los jóvenes abrir las puertas.»
¿A qué podemos atribuir estas muertes? ¿A la insensatez juvenil?
¿A la necedad de manejar a ciento sesenta kilómetros por hora en
estado de embriaguez? ¿A la fatalidad cruel y despiadada? ¿Al castigo
de Dios? Muchas conjeturas se pueden hacer sin llegar a nada, pero una
cosa sí es cierta. La muerte de esos seis jóvenes, tres parejas
brillantes, simboliza la sociedad actual, que se halla encajonada como
el auto en la acequia.
Podemos usar varias metáforas para describir la situación de
nuestra sociedad. Podemos hablar de un «callejón sin salida», o de una
«vía muerta» o de un «torrente irreversible». Pero siempre estaremos
describiendo la misma situación: una sociedad rumbo a la destrucción
inexorable. La destrucción de la familia es la prueba más evidente de
ello.
¿Qué podemos hacer? El primero de los doce pasos del grupo
«Alcohólicos Anónimos» dice: «Reconocemos que somos incapaces de vencer
nuestro alcoholismo.» Mientras nos creemos capaces de resolver solos
nuestros fracasos, nunca saldremos del infortunio. El segundo de los
pasos dice así: «Sólo un poder superior al nuestro podrá cambiar
nuestra condición.»
Esa condición que nos tiene dominados es el pecado que reina en
nuestro corazón. Y el poder que puede rescatarnos es el poder de
Jesucristo, el Hijo de Dios. San Pablo lo expresó de esta manera: «A la
verdad, no me avergüenzo del Evangelio, pues es poder de Dios para la
salvación de todos los que creen» (Romanos 1:16). La única solución
para la sociedad actual y para cada uno de nosotros es reconocer
nuestra condición y luego aceptar el amor de Cristo. Gracias a Dios, es
una solución que está al alcance de todos.
Hermano Pablo
viernes, 2 de noviembre de 2012
EJEMPLO
Un capellán, cuentan, se aproximó a un herido en medio del fragor
de la batalla y le preguntó:
- ¿Quieres que te lea la Biblia?
- Primero dame agua que tengo sed, dijo el herido.
El capellán le convidó el último trago de su cantimplora, aunque
sabía que no había más agua en kilómetros a la redonda.
- ¿Ahora?, preguntó de nuevo.
- Primero dame de comer, suplicó el herido.
El capellán le dió el último mendrugo de pan que atesoraba en su mochila.
- Tengo frío, fue el siguiente clamor, y el hombre de Dios se despojó de
su abrigo de campaña pese al frío que calaba y cubrió al
lesionado.
- Ahora sí, le dijo al capellán. Háblame de ese Dios que te hizo darme tu
última agua, tu último mendrugo, y tu único abrigo.
Quiero conocerlo en su bondad.
1 Timoteo 4:12
Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra,
conducta, amor, espíritu, fe y pureza.
.
Efesios 5:15,16
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios, sino como sabios,
aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”
de la batalla y le preguntó:
- ¿Quieres que te lea la Biblia?
- Primero dame agua que tengo sed, dijo el herido.
El capellán le convidó el último trago de su cantimplora, aunque
sabía que no había más agua en kilómetros a la redonda.
- ¿Ahora?, preguntó de nuevo.
- Primero dame de comer, suplicó el herido.
El capellán le dió el último mendrugo de pan que atesoraba en su mochila.
- Tengo frío, fue el siguiente clamor, y el hombre de Dios se despojó de
su abrigo de campaña pese al frío que calaba y cubrió al
lesionado.
- Ahora sí, le dijo al capellán. Háblame de ese Dios que te hizo darme tu
última agua, tu último mendrugo, y tu único abrigo.
Quiero conocerlo en su bondad.
1 Timoteo 4:12
Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra,
conducta, amor, espíritu, fe y pureza.
.
Efesios 5:15,16
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios, sino como sabios,
aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”
VIVIR DE PRESTADO
Durante dos años y medio se dio la gran vida. Compró ropa fina en la
tienda Harrod's de Londres, una de las más caras del mundo. Cuando voló
en avión, lo hizo siempre en primera clase. Visitó todos los lugares
turísticos de Europa. Se alojó sólo en hoteles de cinco estrellas y
pagó fiestas suntuosas para todos sus amigos.
Sin embargo, a los dos años se le acabó de golpe esa gran vida.
Mark Aklon, de dieciocho años de edad, tuvo que rendir cuentas a la
justicia por haber hurtado la tarjeta de crédito de su padre, un
millonario inglés. Debía a la tarjeta nada menos que setecientos
cincuenta mil dólares. Locamente había «vivido de prestado».
Desgraciadamente, el caso de este joven inglés no es único. Tuvo
la suerte, o la desgracia, de ser hijo de un padre muy rico y de llevar
su mismo nombre. Durante más de dos años vivió a lo rico con amigos y
amigas, paseando por casi toda Europa. Hasta que un día todo se le
acabó. La tarjeta fue cancelada.
«Vivir de prestado» significa vivir usando algo a lo cual no
tenemos derecho. Significa vivir con lo que no nos hemos ganado con
nuestro propio esfuerzo o por nuestros propios méritos. Un hombre al
cual se le hizo un trasplante de corazón, y vivió ocho años más, dijo:
«Estoy viviendo de prestado», y tenía razón. Esos ocho años extras de
su vida fueron un préstamo.
La humanidad entera está viviendo de prestado. Vive a crédito. La
vida que todos recibimos al nacer no es realmente una vida propia. No
somos nosotros mismos autores de ella. Es una vida prestada, que Dios
nos presta a cada uno, dándonos con ella voluntad propia. Podemos
usarla obedeciendo las leyes divinas u obedeciendo antojos egoístas.
La salud, la inteligencia, la capacidad de trabajo, los días de
nuestra vida, todo eso no es realmente nuestro. Es algo que nuestro
Creador nos ha prestado, como quien invierte capital en una empresa y
espera recibir créditos de la inversión.
Esa es la vida nuestra. Llegará el día cuando nuestro tiempo se
acabará y Dios reclamará lo que es suyo. En ese día tendremos que
devolver el aliento que Él nos dio. Por eso es importantísimo que
ahora, en vida, nos preguntemos: ¿Qué le presentaré entonces a Dios?
¿Una vida pecaminosa, destrozada, contaminada e inútil, o una vida
recta, decente, honesta y limpia?
En humilde contrición, digámosle a Cristo que aceptamos su muerte
en el Calvario en sustitución por nuestros pecados. Él entonces nos
presentará ante su Padre en calidad de personas regeneradas por su
sangre preciosa. Esa es la vida que Dios aceptará.
Hermano Pablo
miércoles, 31 de octubre de 2012
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