jueves, 29 de marzo de 2012

LA CRUZ

"Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo..." Gálatas 6:14
Siglos antes de que naciera Jesús, la cruz se había usado como instrumento de tortura y de muerte. Por ejemplo, en el año 519 a.C., el rey Darío I de Persia crucificó tres mil enemigos políticos en Babilonia. Este método de ejecución fue adoptado posteriormente por los romanos para usarlo con personas que no eran ciudadanas romanas y con los esclavos. Cuando Jesucristo llevó nuestros pecados en el Calvario (1 Pedro 2:24), la cruz cobró un nuevo significado. Allí el Salvador, mediante su sangre en la cruz, hizo posible que escapáramos del juicio y que fuésemos reconciliados con Dios (Colosenses 1:20-1).
El apóstol Pablo comprendía el significado de la cruz. Había hecho muchas cosas en las que podría haber hallado satisfacción personal y orgullo (2 Corintios 11:16-12:13); sin embargo, en su carta a los gálatas, escribió: "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (6:14). Cuando entendamos lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz, nosotros también sentiremos humildad. Nuestros débiles esfuerzos no son nada; ¡su obra lo es todo!. El Salvador resucitado invita a todos los hombres y mujeres a acudir humildemente a Él por medio de la fe. Al creer que Jesucristo murió en la cruz por nosotros, recibimos el perdón total.
Con razón el escritor de himnos Horatios Bonar exclamó: "¡Aleluya por la cruz!".
Cristo es el puente entre Dios y el hombre.

«VIVIENDO EN UN CHIQUERO»

Todo el día era un concierto de gruñidos, chillidos y chapoteos en el barro. El ambiente era malsano, el aire estaba emponzoñado, y los alrededores, grises y malolientes. No se podía esperar nada mejor de lo que era un enorme chiquero, con docenas de puercos semisumergidos en el fango.

Una niña hermosa de siete años de edad estaba allí. La habían atado a un poste con una cuerda. Apenas le daban mala comida, y la tenían medio desnuda a la intemperie. Todo esto ocurría en el caserío El Canito de Maracaibo, Venezuela. Sólo la oportuna intervención de una religiosa que vio a la niña en ese lugar la salvó de una horrible muerte segura.

«Viviendo en un chiquero» eran los titulares de los diarios de Maracaibo que daban la noticia. A la niña la había dejado su madre en manos de unos campesinos mientras iba a la ciudad a internarse en el hospital. La madre no volvió a reclamarla, y los campesinos obligaron a la niña a vivir entre los cerdos.

Puede decirse que fue un caso de ignorancia, de insensibilidad, favorecida por la escasa cultura; un caso de violenta necesidad, engendrada por la pobreza. O quizá fuera un sórdido acto de desquite. Pero la trágica realidad era que a una niña de siete años la obligaron a vivir en un chiquero.

Los chiqueros del campo y los de las grandes ciudades abundan en nuestros tiempos. Los chiqueros campesinos, cuando están a campo abierto y en medio de un paisaje agreste y rural, son hasta bonitos, si sabemos mirarlos con ojos de artista, de poeta o de filósofo. Pero los chiqueros de las ciudades no tienen nada de bonitos.

Pensemos, por ejemplo, en las cantinas, donde hombres y mujeres pasan las horas bebiendo. ¿Tienen éstos algo de bonito? Pensemos, así mismo, en los garitos y en las casas de juego, donde otros tantos pasan horas enteras quemando su dinero y empobreciéndose material y moralmente. ¿Acaso tienen algo de bonito?

Aunque pudiera parecer demasiado sarcástico o mordaz, o que tuviéramos la intención de denigrar o de insultar a alguien, debemos decir las cosas con franqueza: las casas de juego, las cantinas, los lenocinios y lugares por el estilo son poco menos que chiqueros de las ciudades, aunque en ellos haya música, luces, perfumes y personas elegantemente vestidas.

¿Quién puede sacarnos de tales sitios? Uno solo: Jesucristo. Él puede, y quiere, hacerlo hoy mismo.

Hermano Pablo

miércoles, 28 de marzo de 2012