viernes, 31 de enero de 2014
miércoles, 22 de enero de 2014
viernes, 17 de enero de 2014
«HÁBITOS INSANOS»
David Fortson era alto, de más de dos metros, atlético, alegre, inteligente, y de apenas diecinueve años de edad. Era el mejor jugador de básquetbol de su colegio en Santa Mónica, California. Pero tuvo una discusión acalorada con un compañero suyo.
En el calor de la contienda, David, que era toda una promesa, recibió un balazo en el pecho. Él murió poco después, mientras que a su asesino lo encontraron en la casa de su novia y lo arrestaron.
El homicida pertenecía a una banda juvenil que tenía por lema una frase impresa en las camisetas de los miembros de la banda, que decía: «Hábitos insanos». Esa frase, hábitos insanos, es lo que le da importancia a esta noticia.
El diccionario describe la primera acepción de la palabra «insano» con dos vocablos: loco y demente. En efecto, podemos calificar de locos y dementes esos hábitos de adolescentes y jóvenes que son la pesadilla actual de padres, maestros, policías, jueces y clérigos. La juventud parece enloquecida. Cada día hay noticias de algún acto insano de parte de jóvenes estudiantes, de muchachas adolescentes y de niños que aún no han doblado el cabo de los diez años.
Quizá no sea tan extraño el hecho de que estos hábitos insanos son siempre actos de violencia, o de rebeldía, o de fiestas licenciosas en que se bebe licor a mares, se usan drogas y narcóticos sin medida y se practica el sexo libre, que nunca es libre, y todo esto, sin conciencia.
Algo que contribuye a esta insania es la televisión. No hace mucho una sociedad estudiantil manifestó que mucha de la delincuencia en la juventud se debe a la influencia de la televisión. «La televisión nos está deformando la mente y los sentimientos —dijeron los jóvenes en una dramática declaración—. Si no mejoran los programas de televisión, no hay esperanza para el joven.»
No obstante, la televisión mundial, al igual que el cine y las revistas, es una industria superpoderosa, y éstas, por la gran cantidad de dinero que producen, no cambiarán sus proyectos por nada en la vida.
¿Y qué del joven? ¿Hay algún modo de cambiar sus «hábitos insanos»? Sí, lo hay. Es posible tocar el corazón del joven y la señorita. Se han visto cambios increíbles en jóvenes que, según su propio testimonio, habían perdido toda noción de moralidad. Esto ocurre cuando Jesucristo entra en el corazón humano. La única fuerza capaz de contrarrestar la fuerza que tiene el mal es Jesucristo.
Por nuestra parte, los padres necesitamos darles a nuestros hijos un genuino ejemplo cristiano. Ellos necesitan ese modelo. Y nuestros jóvenes necesitan reconocer que sólo Cristo es su salvación, no sea que sigan andando por el camino que lleva a la destrucción.
Hermano Pablo
DORMIDO EN EL JUICIO
Fue un bostezo enorme, prolongado y sonoro. Estuvo seguido de un estirar de brazos, un suspiro y un cerrar de ojos. Y luego el hombre se durmió profunda, tranquila y totalmente, indiferente a todo lo que lo rodeaba.
Pierre Dupier, francés, de treinta y nueve años de edad, se había dormido ante un tribunal de París cuando se le juzgaba por el delito de narcotráfico. Como el hombre durmió durante todo el proceso, el juez decidió juzgarlo en otra ocasión en que estuviera despierto. «Mientras éste sufra de apnea obstructiva, la enfermedad del sueño —dijo el juez—, no se le podrá juzgar.»
He aquí a un hombre que, si se quiere, se salió con la suya. Padece una rara enfermedad, «apnea obstructiva». Cuando le da por dormir, sencillamente se queda rendido aunque disparen cañonazos a su lado. Como se durmió en el juicio, y no escuchó nada de los cargos que se le imputaban, no se le pudo juzgar.
No podemos menos que preguntarnos: ¿Cuántos hay en este mundo que, sin padecer de la enfermedad del sueño, se duermen en lo más importante de la vida? Hay hombres, por ejemplo, que parecen dormirse cuando se trata de llevar dinero a la casa para alimentar a los hijos y pagar las cuentas.
Otros, sin tener el cerebro dormido, parecen tener dormida la conciencia. Pueden cometer cualquier fechoría, cualquier delito moral, sin siquiera inmutarse. Más que conciencia dormida parecen tener la conciencia muerta.
Otros duermen profundamente sin oír el clamor de su esposa abandonada, o el llanto de sus hijitos con hambre, o el gemido de los padres ancianos que viven en la miseria. Duermen profundamente ante su deber moral, sin necesidad de alcohol, ni de droga, ni de somníferos ni de “apnea obstructiva”.
Para todos estos que duermen delante de Dios y de su responsabilidad moral, hay un texto bíblico apropiado: «Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo» (Efesios 5:14). Estar dormido, sordo e inconsciente a la realidad moral de la vida es igual que estar muerto.
Debemos reaccionar y despertar del letargo moral. Tenemos que abrir los ojos y los oídos. Y debemos escuchar a Jesucristo que nos llama a una vida recta, justa, moral y limpia. Si seguimos moral y espiritualmente dormidos, nuestro sueño nos llevará a la perdición eterna.
Cristo está llamando hoy y está llamando ahora. ¡Despertemos!
Hermano Pablo
jueves, 9 de enero de 2014
CINCO MILLONES DE ABEJAS
Ya pasada la medianoche en la autopista 95 del estado de Florida, en los Estados Unidos, John Shane estaba por terminar un viaje de ocho horas conduciendo su camión de transporte. De repente ocurrió algo increíble.
Un conductor borracho que venía de frente cruzó la línea divisoria y se estrelló contra el enorme camión. El borracho se mató en el acto, y John quedó aprisionado entre los hierros de su cabina. Pero eso no era todo.
Allí aprisionado, John oyó un zumbido aterrador. Él sabía que procedía de la carga que llevaba: nada menos que cinco millones de abejas. Muchas de las cajas se habían roto, y los feroces insectos habían comenzado a invadir su cabina. John sabía que las picaduras podían costarle la vida, pero no podía moverse.
Alguien que pasaba reportó el accidente, y policías, bomberos, equipos de auxilio y expertos en abejas llegaron en cuestión de minutos.
El trabajo era doble. Había que controlar las miles de abejas que amenazaban a John mientras lo rescataban de su encierro.
Tres horas después del accidente, y lleno de picaduras, llevaron a John al hospital. «Un aguijonazo más que le hubieran dado las abejas —concluyeron los médicos—, y este hombre habría muerto intoxicado.»
Si hay algo que horroriza, es el zumbido de una abeja que revolotea cerca de nuestra cabeza. ¡Qué diremos entonces de cinco millones que quieren meterse en la cabina de nuestro vehículo! ¿Habrá peor angustia?
Y sin embargo hay abejas que si bien no se meten en nuestro coche, sí se meten en nuestra vida. No son de las que invadieron la cabina de John Shane, pero pudiera llamárseles abejas como quiera, pues tienen su propio aguijón, y pican e inyectan y envenenan y matan.
Las tales abejas son las palabras ásperas que con insolencia proferimos. El insulto que el jefe le da a su empleado que le ha servido con lealtad durante muchos años. El ultraje que el padre profiere contra su hijo en momentos de ira irresponsable. El mal genio con que el marido insulta y hiere a su esposa, hasta lo más íntimo. Estas son punzadas que hieren en lo más profundo del alma.
¿Qué hacer si nos hemos dado al hábito de ofender e insultar? Si de veras queremos cambiar, comencemos pidiendo perdón, que es lo que más nos hace falta. Jesucristo dijo: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Pidámosle a Cristo que cambie nuestro corazón. Él quiere darnos una nueva vida.
Hermano Pablo
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