sábado, 16 de julio de 2011

MOSTRAR, LUEGO HABLAR

Lectura: Mateo 5:11-16.
"Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre…" Mateo 5:16
Hubo una época en que una ciudad del oeste de los Estados Unidos quizá haya sido el lugar más hostil del país al evangelio. Las cafeterías tenían carteles con anuncios de reuniones de hechiceros para aprender a embrujar a los enemigos.
El entorno era tan desafiante para las iglesias que casi no conseguían permisos del concejo municipal para congregarse. Muchos líderes de esas iglesias sólo se lamentaban de la situación, hasta que un grupo de pastores comenzó a reunirse con regularidad para orar y después decidió practicar el amor de Jesús en la ciudad. Comenzaron un ministerio entre los «sin techo», los enfermos de SIDA y los jóvenes en situación de riesgo. Con fidelidad y un propósito definido, suplieron con el amor de Dios las necesidades de la gente dolida. Poco después, las organizaciones locales comenzaron a convocarlos para ayudar. Y lo más importante de todo fue que las iglesias empezaron a crecer a medida que la gente respondía al evangelio expresado en acciones.
Esto comprueba lo siguiente: A veces uno tiene que «mostrar» y recién después hablar. En realidad, nadie quiere escuchar lo que tenemos para decir del amor de Jesús hasta que lo hayan visto en nuestra vida (Mateo 5:16). Entonces, aun los más acérrimos opositores quizá se alegren de que tú estés en su ciudad, su oficina o su vecindario. Y también podrías llegar a tener la oportunidad de hablarles de Cristo.
Cuando compartes el evangelio, asegúrate de que también lo vivas.

BUENAS OBRAS

El cual pagará a cada uno conforme a sus obras. Romanos 2:6.

Por algún motivo, muchos cristianos no entienden el lugar de las obras en la experiencia espiritual. Las obras no salvan a nadie. La Biblia enseña, con claridad meridiana, que la salvación es únicamente por la gracia maravillosa de Jesús.

Este mensaje está presente desde el libro de Génesis, cuando un cordero, que simbolizaba a Jesús, era sacrificado a fin de resolver el problema de la desnudez humana; pasando por el pueblo de Israel, en que cada israelita tenía que ofrecer a Dios un corderito, como expiación por su pecado, hasta el libro de Apocalipsis, que termina diciendo: “La gracia del Señor esté con todos vosotros”.

Pero, el texto de hoy es también claro, al afirmar que el resultado final de la gracia son las buenas obras y que, finalmente, seremos juzgados por lo que hicimos o dejamos de hacer.
La gracia no está reñida con las obras; ambas tienen lugar en la experiencia de una persona que ha entregado su vida a Jesús. La gracia es la causa de la salvación; las obras, son su resultado. La confusión sucede cuando cambia­mos los papeles, y pensamos que las obras nos califican para la salvación; o, ya que fuimos salvos en Cristo, no necesitamos preocuparnos por las obras.

La otra confusión surge cuando deseamos que las buenas obras sean el resultado de nuestro esfuerzo. Si para alguna cosa vale el esfuerzo humano, es para buscar a Jesús y mantener, con él, un compañerismo diario a través de la oración, el estudio de la Biblia y la testificación.

¿Por qué se necesita esfuerzo? Porque la naturaleza humana, que todavía cargamos, nos conduce lejos de Dios; no es natural que quiera vivir en co­munión con Jesús.
Pero, el hecho de que no sea natural no significa que debas quedarte vegetando en el terreno de la mediocridad espiritual, y aceptes pasivamente una vida de derrotas espirituales.

La victoria es posible con Jesús. Por eso, el libro de Apocalipsis está re­pleto de promesas para los vencedores. La victoria no es una fantasía, ni una utopía, ni algo reservado solo para quienes tienen gran fuerza de voluntad. La victoria es un presente de amor, que Jesús ofrece a los que, con humildad, lo buscan. Haz de este día un día de victorias espirituales y de muchas obras, sa­biendo que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras.

viernes, 15 de julio de 2011

HACEDORES DEL MUNDO

Lectura: Santiago 1:19-27.
"Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores" Santiago 1:22
Antes de mudarnos a otra casa en un nuevo vecindario, un domingo invitamos a comer a mi cuñada Sue y a su esposo Ted. Mientras nos saludábamos en la entrada de la casa, un ruido extraño les hizo dirigir la vista hacia la cocina. Tras seguir la mirada de ellos, quedé paralizada del horror. Una manguera desenganchada de nuestra antigua lavadora de platos se sacudía de un lado al otro como la trompa de un elefante enojado, ¡escupiendo agua por todas partes!
Sue se puso en acción de inmediato: dejó caer la cartera al piso, llegó a la cocina antes que yo y, mientras pedía toallas y un secador, cortó el agua. Pasamos los primeros quince minutos de su visita arrodillados secando el piso.
Sue es una hacedora, y este planeta es un lugar mejor gracias a los hacedores que hay en el mundo. Son personas que están siempre listas para ponerse a trabajar, para involucrarse e incluso, de ser necesario, para liderar.
Muchos de los hacedores del mundo son también hacedores de la Palabra. Son seguidores de Jesús que se han tomado a pecho el desafío de Santiago: «Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (1:22).
¿Estás haciendo todo lo que sabes que Dios quiere que hagas? A medida que leas la Palabra de Dios, practica lo que has aprendido. Primero, oye; después, haz. La bendición de Dios surge como resultado de nuestra obediencia (v. 25).
El valor de la Biblia no consiste simplemente en conocerla, sino en obedecerla.

jueves, 14 de julio de 2011

VIOLENCIA FAMILIAR

Eran tres niños, hermanitos los tres, de seis, siete y ocho años de edad. Con ojos aterrorizados y temblando de miedo, no podían dejar de mirar. ¿Qué estaban mirando? Veían cómo su padre le daba una paliza brutal a su madre. La escena la describe un diario de América Latina.

El hombre enfurecido, a la vista de sus tres hijitos, golpeaba brutalmente a su esposa. ¿Cuál era la causa? Nadie sabe. Los niños sólo decían: «Papá estaba muy enojado.» Pero una palabra lo describe todo: violencia.

La violencia doméstica, aunque en la vida diaria no es nada nuevo, en las crónicas de los diarios y en los tribunales sí lo es. Es algo que ha recrudecido en las últimas décadas. Y esta crónica nos obliga a tocar dos puntos: la violencia entre padres, y su efecto en los hijos.

Algunos dicen que la violencia familiar la incita la familia misma, pero eso es ver el asunto de una manera superficial. La violencia nace en el corazón. Está adentro de uno como lo estaba en el corazón de Caín, y sólo necesita una muy pequeña provocación para estallar.

Decimos que es culpa de la mujer, o de los hijos, o del jefe o de otro, pero no lo es. Procede del corazón herido y confundido que vierte su frustración sobre los que están más cerca. Cuando el tronco está malo, todo el árbol lo está. Cuando el corazón vive en amargura, la persona en la que late reacciona con violencia.

¿Y qué de los hijos? No hay nada en todo el mundo que frustre y confunda y atemorice más al niño que ver a sus padres peleándose, especialmente cuando son encuentros violentos. Y si la criatura tiene dos, tres o cuatro años de edad, esos disgustos tienen efectos desastrosos que afectan toda su vida. Un sociólogo investigador dijo: «Cuanto más violenta es la pareja, de las que hemos entrevistado, más violentos son los hijos.» Por cierto, la violencia en los padres viene de la violencia en los progenitores de ellos.

¡Cuánto necesitamos paz y tranquilidad en nuestro corazón! ¡Cuánto necesitamos al Príncipe de paz! Y ese Príncipe de paz existe. Es Jesucristo, el Hijo de Dios. Él dijo: «La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden» (Juan 14:27).

Entreguémosle nuestro corazón a Cristo. Si el enojo ha sido nuestra debilidad, hagamos una sincera declaración de humilde arrepentimiento. Cristo conoce nuestra intención y Él quiere ayudarnos. Permitámosle entrar en nuestro corazón. Él nos renovará en lo más profundo de nuestro ser.

Hermano Pablo

miércoles, 13 de julio de 2011

ALGO MEJOR

Lectura: Hebreos 11:4-7,32-40.
"Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido" Hebreos 11:39
Abel no parece encajar en la primera mitad de Hebreos 11. Es el primero de los «antiguos» de esa lista, pero su historia no es como la de los otros que se mencionan allí. Enoc fue al cielo sin morir; Noé salvó a la humanidad; Abraham comenzó una nación; Isaac fue un patriarca destacado; José ascendió a lo máximo del poder en Egipto; Moisés lideró el éxodo más grandioso de todos los tiempos.
Sin duda, la fe de estos fue recompensada. Por fe, hicieron lo que Dios les pidió, y Él derramó Su bendición sobre ellos. Vieron con sus propios ojos el cumplimiento de las promesas divinas.
Pero ¿qué pasó con Abel? El segundo hijo de Adán y Eva tuvo fe, pero ¿qué recibió a cambio? Fue asesinado. Su situación se parece más a la de los que se mencionan en los vv. 35-38, quienes descubrieron que confiar en Dios no siempre genera bendiciones inmediatas. Estos enfrentaron «burlas», «cárceles», fueron «aserrados por la mitad». Nosotros quizá diríamos: «Gracias, pero no». Todos preferiríamos ser el heroico Abraham en vez de individuos que pasan «necesidades, afligidos y maltratados» (v. 37 NVI). Sin embargo, en el plan divino, no hay garantía de tranquilidad ni de fama, ni siquiera para los fieles.
Aunque experimentemos ciertas bendiciones en esta vida, tal vez debamos esperar «alguna cosa mejor» (v. 40): el cumplimiento de las promesas de Dios en gloria. En tanto, sigamos viviendo «mediante la fe».
Lo que se hace por Cristo ahora tendrá una recompensa eterna.

NO DESMAYES, NO TE AFANES, NO TE RINDAS

No desmayes, estás a tiempo de considerar la vida y comenzar de nuevo, aceptar sus espinas y disfrutar sus pétalos.

No te afanes, que la vida es eso, un viaje con pesadas cargas, pero con ligeros equipajes.

No te rindas, escucha, no cedas, aunque el frío no soportes, aunque el calor te queme y la brisa hasta corte tu piel.

La vida es un don, es un regalo aún para algunos sin abrir... En tus manos y en las de Cristo están tus veredas, tu seguro puerto y destino.
Recuerda, no hay herida que no cure con el tiempo. Abre las puertas de tu corazón a Dios, quita los cerrojos enmohecidos por los amargos recuerdos y echate a volar... Que la sonrisa de un niño te restaure, que una palabra a tiempo te ilumine y que un santo sentimiento te resguarde. Extiende tu mano a otros que han caído y despliega tus alas sabiendo que no eres el único que en la vida ha sufrido.

Si, Celebra la vida, ahorra las lágrimas solo para los buenos momentos...
Hoy es el día... Hoy es la hora cero... Tu puedes hacerlo hermano.

No desmayes, no te afanes, ni te rindas.

Filipenses 4:6-7
6 Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.

7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

martes, 12 de julio de 2011

VERDADERA LIVERTAD

Lectura: Gálatas 4:21–5:1.
"Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres" Gálatas 5:1
En 1776, las 13 colonias británicas asentadas en América del Norte protestaron por las restricciones que el rey de Inglaterra aplicó sobre ellas, y comenzaron una lucha que dio nacimiento a una nueva república. Al poco tiempo, la novel nación adoptó ese documento actualmente famoso, conocido como la Declaración de la Independencia.
Hace casi 2.000 años, el Señor Jesús exclamó desde la cruz: «Consumado es», y así proclamó la «declaración de la independencia» del creyente. Toda la humanidad estaba sujeta a la tiranía del pecado y de la muerte. Pero Cristo, el Ser impecable, ocupó nuestro lugar en el calvario y murió por nuestros pecados. Tras haber satisfecho las demandas de la justicia de Dios, ahora liberta eternamente a todos los que confían en Él.
Pablo escribió: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13). Romanos 8 afirma que «ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús […]. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (vv. 1-2). Gálatas 5:1 insta a todos los redimidos a estar «firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres».
Estamos agradecidos a Dios por la libertad que gozamos en una nación; sin embargo, por sobre todas las cosas, ¡los creyentes, en cualquier lugar, pueden alabar al Señor por la libertad que se encuentra en Cristo!
Nuestra libertad más grandiosa es ser libertados del pecado.