sábado, 22 de enero de 2011

AMOR PROXIMAL

Lectura: Lucas 10:29-37.
"Amarás al Señor tu Dios […]; y a tu prójimo como a ti mismo" Lucas 10:27
Habría sido más fácil comprar un nuevo secador de cabello, pero, como me había propuesto ahorrar un poco, decidí arreglarlo yo mismo. Para aflojar el tornillo que estaba hundido en lo profundo del mango, saqué la herramienta de última generación según el «manual del reparador casero»: mi navaja de bolsillo. Cuando hice presión para girar el tornillo, la hoja de la navaja se dobló… y me cortó el dedo.
Ese día aprendí la lección: Yo me amo. Y de inmediato suplo mis necesidades. Ni se me ocurrió pensar: «Bueno, no tengo tiempo de parar la sangre ahora. Después lo hago». Además, hubo ternura en la manera de tratar la urgencia. Le indiqué a mi equipo de primeros auxilios (mi esposa e hijos) que me lavara suavemente el dedo y que luego colocara el vendaje de tal modo que, cuando me lo sacara, no me arrancara los pelitos del dedo. Mis pensamientos, palabras y acciones fueron dirigidos por mi amor a mí mismo.
Amar «a tu prójimo como a ti mismo» (Lucas 10:27) exige la misma clase de amor apremiante. Un amor que percibe la necesidad de otra persona y que no descansará hasta satisfacerla. Es un amor cordial y afectuoso que piensa y actúa con esmero; el amor sacrificial y compasivo que un samaritano desconocido tuvo hacia un viajero caído. Es la clase de amor que Dios quiere compartir con tu prójimo a través de ti.
Tu corazón toca el de tu prójimo mejor que cualquier otra cosa.

viernes, 21 de enero de 2011

DAR SIN ESPERAR

Thomas Samson era un minero galés. Todos los días dedicaba largas horas al duro trabajo en la mina, con su vida en constante peligro, a cambio de un magro salario. Cierto día, el capataz de la mina le dijo:

-Thomas, se ha producido una vacante en un trabajo más liviano en la superficie. Trabajarías menos y pagarían más. ¿Te interesa?

-Sí, por supuesto -respondió Thomas-. ¡Claro que me interesa, señor! Sin embargo, ¿podría ofrecerle el trabajo a mi amigo Tregony? Él no es tan fuerte como yo y temo que el trabajo en la mina acorte sus días. No quiero perder a un amigo. ¿Podría ocupar él ese puesto del que me habla?

Al capataz lo conmovió la generosidad de Thomas y le dio el trabajo a Tregony. Thomas siguió trabajando duro, y no bien se produjo otra vacante en la superficie, el capataz enseguida se lo comunicó a Thomas, que esta vez sí aceptó el ofrecimiento. Thomas y Tregony trabajaron juntos durante veinte años.

Cuando uno se brinda con generosidad por otra persona, obtiene una buena reputación. Y seguramente luego sobrevendrá un ascenso.

No es inútil en el mundo aquel que alivia la carga de otro.

Gálatas 6:2
Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.

UN AMIGO EN COMUN

Lectura: Juan 15:9-17.
"Os he llamado amigos" Juan 15:15
Imagina que estás de visita en una tierra extraña y que apareces, sin ser anunciado, en una reunión de personas a quienes nunca conociste y que jamás escucharon hablar de ti… pero que, a los pocos instantes, te permiten dirigirles la palabra. Esto sólo puede ocurrir si hay alguna cosa que quiebre el hielo; algo así como tener amigos en común.
Esto sucedió cuando llevé un equipo misionero a una reunión en una iglesia de Bahía Discovery, en Jamaica. Antes de salir de los Estados Unidos, mi amigo Dorant Brown, un pastor jamaiquino, me recomendó asistir a una iglesia. Así que, cuando llegamos y mencioné al pastor Brown, no sólo nos dieron la bienvenida, sino que a mí me pidieron que hablara brevemente y a nuestro equipo que cantara.
Si bien mencionar el nombre de Dorant fue crucial, en realidad no creo que ese amigo en común haya hecho que nos recibieran con tanta calidez. Me parece que fue nuestro mutuo Amigo y Salvador, Jesús, quien abrió el corazón de aquellos amigos jamaiquinos cuando los visitamos.
¿Has experimentado un vínculo especial con alguien que acabas de encontrar al decirle que tú también conoces al Señor? El Señor es un amigo que entregó Su vida por nosotros (Juan 15:13) y que convierte en hermanos a todos los que creen (1 Pedro 2:17).
Jesús. Nuestro Salvador. Nuestro Amigo en común. Él reúne corazones en todo el mundo bajo la bandera de Su amor.
Quienes son atraídos hacia Cristo se atraen entre sí.

jueves, 20 de enero de 2011

EL HORNO DE LA AFLICCIÓN

Eran seis hombres, los seis dominicanos, que querían escapar del horno de la aflicción. No tenían trabajo. No tenían dinero. No tenían esperanzas. Así que se metieron dentro de un cajón de mercancías de un barco que partía de Santo Domingo hacia Miami, Florida.

Esperaban llegar en menos de veinticuatro horas. Pero tardaron tres días. La temperatura dentro del cajón subió y subió hasta llegar a 54 grados centígrados. Cuatro de los hombres murieron de deshidratación. Pero Daniel Fernández, de diecinueve años de edad, y su amigo Raúl Mesa, de veinticuatro, sobrevivieron.

En medio de ese infernal horno le habían rogado a Dios: «Por favor, Señor, ¡ayúdanos a sobrevivir! ¡No nos dejes morir así!»
¡Cuántos no serán los dramas que ocurren a diario en las diversas fronteras de este mundo! Son los dramas de personas que a toda costa desean salir de su condición precaria debido a la pobreza y el desempleo, y pagan grandes sumas de dinero, dinero que difícilmente consiguen, para que los introduzcan ilegalmente a lo que ellos piensan es la tierra de promisión. Esos jóvenes dominicanos vivieron ese drama.

La frase «el horno de la aflicción» es una frase bíblica (Isaías 48:10) que describe a cabalidad la aflicción de los israelitas durante cuatrocientos años de servicio forzado al faraón de Egipto, y la que pasaron los tres jóvenes hebreos, en tiempos del rey Nabucodonosor, al ser arrojados a un horno en llamas, del cual salieron sin la más mínima quemadura.

Hoy usamos esa frase para denotar algún problema muy serio por el cual estamos pasando, o alguna enfermedad aguda que nos ha atacado, o algún dolor familiar muy grande que nos hace llorar. ¿Qué hacer cuando nos encontramos en tales hornos?

Cuando todo recurso humano ha fallado, siempre está Dios. Y Dios contesta el clamor del necesitado en dos formas. Por una parte, trae el socorro oportuno y libra del horno de la muerte al necesitado. Y por otra, le da al necesitado fe y seguridad de que, estando Dios a cargo del problema, todo va a salir bien. Esta no es siempre una solución inmediata al problema específico que nos acosa. Es más bien una chispa de paz, de tranquilidad, de seguridad, de que Dios, a la larga, nos hará triunfar. La promesa es que «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo» (Romanos 10:13). Basta con pedir, creer y recibir. Cristo siempre acude al clamor sincero del necesitado.

Hermano Pablo

miércoles, 19 de enero de 2011

JOSUÉ 1:8

EL BESO DE LA MUERTE

Era un caso de vida o muerte, y había que actuar rápido. Si no, el pequeño animal moriría. Así que Paul La Fonte, francés de treinta y siete años de edad y amante de los animales, procedió a hacer la resucitación boca a boca.

Pero el animal moribundo no era un cariñoso gatito. Era una pequeña cobra recién traída de la India. Había sido pisada por un automóvil al sacarla de la jaula, y por no dejarla morir, Paul sopló aliento en los pulmones del ofidio.

La cobra revivió, y lo primero que hizo fue clavar sus colmillos en los labios de su salvador. Los diarios de Avignon, Francia, al comentar el caso, concluyeron: «El beso francés entraña peligros, pero el de este hombre fue el más mortal de todos.»

Este no ha sido el único caso de un beso mortal. En los novelones que se publicaban a principios de siglo era común que dos amantes decepcionados se suicidaran mutuamente bebiendo el mismo veneno, tomándolo el uno de la boca del otro.

Hay otros besos que así mismo hieren, estropean, golpean y matan; por ejemplo, los que empinan la botella de licor porque ya ni los grandes vasos los satisfacen, y sorben con avidez trago tras trago. Ese beso que le dan a la botella resulta ser, para muchos de ellos, un beso mortal.

Los pequeños que, por seguir el ejemplo de los grandes, consiguen un cigarrillo de marihuana y se lo pasan el uno al otro, están también causándose la muerte con el beso que dan en la maldita aspirada.

Lo mismo ocurre con los que se inyectan una jeringa hipodérmica. El beso fatal que se dan con la aguja, no con los labios pero sí con las venas, no sólo los deja endrogados, sino que por la transmisión tan frecuente del virus del SIDA también les resulta ser un beso mortal.

El que besa la boca de la mujer ajena está también dando un beso de muerte. El adulterio es la muerte del matrimonio. Podrá parecer dulce en el momento, pero es un beso mortal.

Las ambiciones deshonestas, así como las pasiones desenfrenadas, son fuego y son veneno. Ceder a ellas es ceder a un beso mortal.

¿Cómo podemos evitar ser víctimas de esta clase de beso mortal? Haciendo de Jesucristo, y de sus leyes morales, el patrón de nuestra vida. Es que si Cristo es nuestro Salvador, si Él es nuestro Señor, si Él es quien motiva todas nuestras acciones, nos veremos entonces libres de toda mala consecuencia. Permitamos que Cristo sea el Señor de nuestra vida. Él nos salvará de todo beso mortal.

Hermano Pablo

martes, 18 de enero de 2011

ES ASUNTO MIO

Lectura: Levítico 19:11-18.
"No te vengarás, ni guardarás rencor […], sino amarás a tu prójimo como a ti mismo" Levítico 19:18
En 1955, cuando el sur de los Estados Unidos seguía sumamente segregado, Emmett Till, un joven negro de Chicago, fue a visitar a sus parientes en Mississippi. Después de «atreverse» a hablar con una mujer blanca, dos hombres, también blancos, lo asesinaron brutalmente. Tras deliberar durante una hora, un jurado de varones, todos blancos, los declaró «inocentes». Tiempo después, en un artículo de la revista Life, ambos confesaron el crimen.
Tras el veredicto, la madre de Emmett dijo: «Hace dos meses, tenía un bonito apartamento en Chicago, un buen trabajo, un hijo. Cuando algo les sucedía a los negros en el sur, yo decía: “Es asunto de ellos, no mío”. Ahora sé que estaba equivocada. El asesinato de mi hijo me mostró que lo que le sucede a cualquier persona, en cualquier parte del mundo, nos incumbe a todos».
Otro asunto que nos atañe a todos es lo que Levítico 19:18 nos insta a hacer: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Jesús cita este versículo y lo interpreta: dice que el amor a quienes nos rodean no tiene límites (Mateo 22:39; Lucas 10:25-37). Prójimo no se refiere sólo a los vecinos, sino a cualquiera que tenga necesidades. Debemos ocuparnos de los demás como nos ocupamos de nosotros mismos.
Amar a nuestro prójimo significa identificarnos con la persecución, el sufrimiento y las injusticias que padecen los otros seres humanos. Es asunto de todos los que siguen a Cristo.
La compasión pone en práctica el amor.