lunes, 6 de julio de 2009

LA CONFESIÓN DEL CÓNDOR

La selección chilena jugaba el partido decisivo para ir al mundial de Italia. No valía el empate. Tenían que ganarle al Brasil, en el Maracaná.

El ambiente estaba tenso. Más de 130.000 espectadores habían colmado las graderías del inmenso estadio. Cuando se entonó el Himno Nacional de Chile, las rechiflas y los gritos de los aficionados impidieron que se oyera.

«Otra vez Brasil al ataque. 17 minutos de juego. Dunga tiene la pelota. Dunga avanza con velocidad. Dunga no levanta la cabeza. Dunga centra la pelota y Careca conecta de cabeza. La pelota con violencia va hacia la portería chilena. Las tribunas se levantan, preparando el grito de gol, que Rojas, con un vuelo espectacular, ahoga. Tiro de esquina.

»Dunga al ataque. Cabecea dentro del área chica. Muchos cantan “¡gol!”, pero Rojas está inspirado. Otra magnífica intervención. “El Cóndor” vuelve a volar y saca la pelota al tiro de esquina.»

No importaba. Brasil sólo tenía que mantener el empate. Era lo único que necesitaban para ir a Italia.

En las gradas de ese monstruoso estadio se encontraba una empleada de “Light”, la compañía de electricidad de Río de Janeiro. Alguien le había entregado una bolsa de plástico con dos luces de bengala. Durante el primer tiempo, que terminó empatado sin goles, ella se había olvidado de la bolsa. Pero al inicio del segundo tiempo, después del gol de Careca del Brasil, sacó la bengala, leyó las instrucciones, apuntó hacia el cielo y tiró la cuerda.

Silbando, la luz de bengala cayó sobre la cancha, a escasos metros de «El Cóndor». Rojas se llevó las manos a la cara y el juego se interrumpió. Era el minuto 68 con 44 segundos de juego.

«El Cóndor» estaba herido, en la grama frente al arco. El humo de la pólvora cubría en una nube de confusión el incidente. En cuestión de instantes llegó una camilla que se llevó hacia los vestuarios al arquero con el rostro completamente ensangrentado.

Los dirigentes de la Federación Internacional de Fútbol descubrieron —porque las cámaras no mienten— que Rojas había aprovechado el momento para cortarse la frente con un bisturí que se había metido en el guante, y le aplicaron la pena capital del fútbol profesional; es decir, lo sancionaron de por vida. Pero pasaron diez meses antes de que «El Cóndor» confesara su culpa. El fútbol para él lo había sido todo.

¿Qué podemos aprender nosotros de «El Cóndor»? En su autobiografía titulada El Cóndor herido, que escribió con Sonia Vengoechea e Ítalo Frígoli, nos da a entender que, sea cual sea nuestra justificación, tarde o temprano más vale que confesemos nuestra culpa, si es que queremos librarnos de ese peso que llevamos adentro.1 «Mi problema era con mi conciencia y mi paz interior», reconoció Rojas. Él ya se lo había confesado todo a Dios y a su familia, en privado. Pero Dios le mostró el camino de la confesión pública, y eso —según «El Cóndor»— «era lo único que valía»

Carlos Rey

UNA DECISIÓN DE ÚLTIMA HORA

Fue una decisión de última hora. «Nos regresamos hoy mismo», anunció Pedro Nocón. A todos los que festejaban les cayó mal. Se habían reunido dieciséis parientes, de distintos lugares, para una fiesta familiar, y habían estado muy alegres. Pero por alguna razón que ellos no podían explicarse, Pedro Nocón, de treinta y ocho años de edad, decidió regresarse, con su familia, antes que terminara el evento.

Pedro, su esposa Ampee, y sus hijitas Glorianne de cinco años y Jillanne de ocho se subieron al auto y emprendieron el viaje. Apenas habían pasado una hora en la carretera cuando la familia entera se vio envuelta en un masivo accidente. Chocaron ciento cuatro vehículos y murieron veintisiete personas, entre ellos toda la familia Nocón. Y para desgracia, fue una tragedia innecesaria.

Pedro era un próspero contador. Ampee, su esposa, tenía un buen empleo. Contaban con amor, compañerismo, dos hijitas adorables, y prestigio social. Pero Pedro tomó una decisión apresurada, y la muerte los esperó a la vuelta del camino. Todo fue el resultado de esa brusca decisión.

¡Cuántas veces una determinación de último hora, una decisión producto de alguna emoción agresiva, tomada a la ligera, cambia por completo una vida! Y la gran mayoría de las veces es para tragedia y ruina.

Veamos el ejemplo Bíblico clásico: la traición de Judas Iscariote. No sabemos si fue una decisión de última hora. Lo que sí podemos deducir es que no estaba en su mente cuando, tres años antes, Judas se unió a Jesús. Pero en esa última semana de la vida del Maestro, Judas decidió traicionar a su Señor, y ya sabemos cuál fue el resultado. Judas terminó su vida colgado de un árbol por acción de su propia mano.

He aquí algunos consejos que tratan sobre el peligro de tomar decisiones a la ligera. El primero es: No tome decisiones cuando está en conflicto. Espere a que el conflicto pase.

El segundo consejo es este: No cambie de caballo en medio de la corriente. Espere por lo menos a que salga al otro lado del río.

El tercer consejo es el siguiente: Dos cabezas piensan mejor que una sola. Escoja bien a sus asesores, y huya de consejeros fracasados. Es importantísimo que nunca tome una decisión cuando no esté de acuerdo su cónyuge, ya sea esposo o esposa.

El último consejo proviene de las Sagradas Escrituras: «Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie» (Santiago 1:5).

Hermano Pablo

domingo, 5 de julio de 2009

DETÉNGANME, ANTES QUE MATE OTRA VEZ


«Deténganme, antes que mate otra vez.» No eran los pensamientos de un asesino en potencia. Tampoco eran las palabras pronunciadas por un maniaco homicida hablando por teléfono con las autoridades. Ni era la súplica de un reo a los guardias de turno de la cárcel en que había estado encerrado porque ya no soportaba la vida al otro lado de las rejas. «Deténganme, antes que mate otra vez» es la frase que un criminal escribió en una pared con lápiz labial. Al hacerlo, se apoyó en la pared y dejó la huella de su mano, que condujo a su captura como sospechoso en el homicidio de una atractiva trigueña en un hotel de Nueva York.

La policía anunció que Hugh Kelly, un joven de diecinueve años de edad, fue detenido en relación con la muerte de Dolores Anderson. Al joven Kelly lo arrestaron al comprobar que sus huellas digitales correspondían a las dejadas en la pared. A la larga, el único indicio que orientó la investigación oficial del homicidio fue esa huella de su mano.

La pregunta que no podemos dejar de hacernos es esta: ¿Por qué quiso aquel joven que lo detuvieran aun cuando sabía que eso podía dar como resultado cadena perpetua? La respuesta, sin duda, tiene que ver con la lucha que se libra, dentro de cada uno de nosotros, entre la naturaleza pecaminosa y el Espíritu.

El apóstol Pablo describe esa lucha interna con el pecado en estos términos: «Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero....

»Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene cautivo. ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?»1

Ahora bien, si el venerado apóstol se encontró en semejante callejón sin aparente salida, ¿qué esperanza hay para nosotros? «Gracias a Dios —concluye aquel compañero de armas espirituales— por medio de Jesucristo nuestro Señor... ya no hay ninguna condenación... pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte»2

¿Qué esperamos, entonces? Acudamos a Cristo, como nos recomienda San Pablo, y digámosle: «Detenme, antes que peque otra vez. Y si caigo y vuelvo a pecar, perdóname y ayúdame a volver a levantarme, cada vez más fuerte en el poder de tu Espíritu.»

Carlos Rey

Ro 7:18-19, 21-24

Ro 7:25; 8:1,2

UNA CITA FINAL

Lleno de angustia y tristeza, pero sereno, el joven subió a su auto. Tenía una cita urgente. A las seis de la tarde, en la glorieta de la Fuente de Agua en la Avenida Palma de la Ciudad de México, tenía un último encuentro con su novia.

Lanzó su auto a toda velocidad. Corrió sin mirar el velocímetro, ni altos ni luces rojas. Al acercarse a la glorieta, divisó a la joven. El sólo verla acrecentó su dolor. Acelerando el vehículo a gran velocidad, se estrelló contra el monumento. El accidente fue horrible. El joven quedó muerto ahí mismo ante la mirada horrorizada de la mujer que lo había abandonado.

Las crónicas periodísticas traen de todo. Esta vez fue una historia romántica pero triste. Un joven, cuyo nombre no recogió la crónica, le pidió a su novia, que lo había dejado, una última cita. Una cita de despedida. Una cita que habría de ser la definitiva. Y, en efecto, fue la definitiva, porque incapaz de soportar el desengaño, el joven, en la forma más drástica, puso fin a sus días.

Muchas veces ocurren tragedias como esta en la problemática y azarosa vida humana. Cuando más creemos haber encontrado la completa felicidad, descubrimos que todo fue una ilusión, y la decepción nos mata. Cuando pensamos que ya tenemos la fortuna en las manos, algo nos hace perderlo todo y nos reduce a la pobreza. Cuando creemos alcanzar el triunfo artístico, o deportivo o político, nos vemos de pronto paladeando el amargo sabor de la derrota.

¿Qué hacer en esos momentos? ¿Cómo sobrellevar esas decepciones?

Muchos se entregan a la desesperación. Echan mano del veneno, o de la horca o de la pistola, y acaban con su vida. Otros se sumergen en un pozo de alcohol o de droga. Otros se vuelven eternos resentidos y amargados. Y aún otros entran en un profundo e interminable período de depresión.

¿Serán éstas las únicas opciones ante el fracaso? No, hay otra. Es la opción espiritual. Aun en medio del más espantoso fracaso o de la más triste decepción, siempre queda Dios.

Jesucristo, el Señor viviente, es el Salvador de los fracasados. Él está cerca de cada persona necesitada que invoca su presencia. Y Él está cerca de cada uno en este mismo momento.

Clamemos a Cristo. Él nos responderá y nos levantará de la desesperación. Él nos dará la misma victoria que les ha dado a muchos otros, porque nunca falla. Cuando toda otra supuesta solución ha fracasado, siempre queda Dios.

Hermano Pablo

TERCER CIELO - LLUEVE



Colaboración de la hermana Estela Mar.
Y de parte de los que hacemos el blog muchas gracias por colaborar y que Dios te bendiga mas abundantemente.

jueves, 25 de junio de 2009

EN CARNE PROPIA

¡Cómo nos ingeniábamos para atrapar a los animales del bosque.Señuelos, silbatos, trampas, rejas, canastos tejidos en las caídas de agua para atrapar los peces.
Éramos chicos felices en medio de una naturaleza fértil y con riquezas naturales por todo el bosque.
Una de mis habilidades favoritas, era la de colocar trampas en el bosque.Con cuidado investigaba los caminos de los conejos, las liebres, los coipos o los zorros y, una vez convencido de su hábitat, montaba y disimulaba las trampas en el camino.
Luego, al otro día, tomaba mi bicicleta, y me internaba por los senderitos del bosque a revisar mi trabajo.
Un día, ¡qué fastidio! La cadena de mi bicicleta se cayó de sus engranajes; la coloqué y luego volvió a caer. Entonces molesto, volví a montarla en la punta del engranaje y dí una vuelta con fuerza al pedal para que se instalara completamente, pero, sea por mi apuro, por mi ira, o porque Dios quería darme una lección, mis dedos no alcanzaron a salir y ahí quedé con los dientes del engranaje enterrados en mis falanges. Mi bici era de freno al pedal, no podía volverla atrás, estaba solo, y mi única esperanza era dar una vuelta completa para liberar mis dedos en la otra punta. Así lo hice. Los pedazos de carne, quedaron entre los engranajes y la cadena. Mis huesos quedaron a la vista y, entonces pensé en los animalitos que yo cazaba con tanta alegría. Nunca mas coloqué una trampa. Yo experimenté en carne propia el dolor, supe lo que ellos sufrían y tuve compasión de ellos.
¿Entiendes querido amigo por qué nuestro Dios es diferente a todos los dioses ? Porque El fue tentado en todo según nuestra semejanza y, por eso, nos entiende y nos ama, y nos ayuda en nuestros dolores.Habla con El en una oración sencilla y verás que has encontrado un amigo que te entiende.
Osiel Ibáñez – Chile

Porque no tenemos un sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en según nuestra semejanza Hebreos 4:15

EN CUALQUIER MOMENTO,EN CUALQUIER LUGAR

Lectura: Efesios 2:11-19.
“Porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” Efesios 2:18
Cuando Mike Marolt se encuentra fuera de la ciudad, entra a su computadora y sus archivos en su oficina por conexión remota. En un reciente viaje al extranjero, Marolt contestaba correos electrónicos y se mantenía en contacto con sus clientes usando su computadora portátil por medio de una conexión telefónica por satélite. Sin embargo, esta vez estaba sentado en una tienda de campaña en un campamento de base a 6 mil metros junto al Monte Everest. En estos días, ni siquiera eso nos sorprende porque nos hemos acostumbrado a la tecnología que ofrece acceso al resto del mundo en cualquier momento, en cualquier lugar.
También podemos desarrollar fácilmente una falta similar de asombro hacia la oración. ¿Hablar con Dios? «Por supuesto». No tenemos que esperar en línea, entrar en un edificio, o usar ropas elegantes. Podemos verter nuestros corazones delante de Dios en cualquier momento, en cualquier lugar. Es fácil perder el sentido de la maravilla de ello porque se ha vuelto algo muy familiar.
Pablo siempre parecía maravillarse ante la puerta abierta para entrar en la presencia de Dios. «En Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» escribió. «Porque por medio de Él . . . tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Efesios 2:13, 18).
La puerta está abierta para todos. Dios les da la bienvenida a todos los que vienen por fe. Por medio de Cristo podemos entrar en Su presencia -en cualquier momento, en cualquier lugar. ¡Asombroso!.
No hay lugar ni momento en el que no podamos orar.